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Concurso de Relato de Viajes - Teruel - Aragón - Lo he viste: Teruel existe

 

Lo He Visto: Teruel Existe

Pusimos rumbo a Orihuela del Tremedal, en la Sierra de Albarracín, una mañana lluviosa de primavera con la esperanza de que aquellas gotas, que en ocasiones se convirtieron en lluvia cerrada, fueran desapareciendo conforme nos aproximáramos a nuestro destino vacacional desde donde teníamos previsto compaginar el descanso con varias excursiones. No fue así. La predicción meteorológica lo pronosticaba, aunque esperábamos que la suerte desviara la borrasca. Pero lo que no entraba en nuestras suposiciones era que en la zona donde debíamos hospedarnos estuviera nevando. Nevada que cesó pronto, por lo que decidimos caminar hasta el pueblo. Volvimos corriendo, en el estricto sentido de la palabra, porque en pocos minutos, y sin que hubiéramos alcanzado nuestro destino, recomenzó la nevada.

El cambio en el paisaje fue repentino y el horizonte, en el que se distinguía perfectamente, entre fachadas y tejados, la torre de la iglesia se tornó en una borrosa imagen por el blanco de la nieve que caía mientras nos apresurábamos a volver al alojamiento.

No nos imaginábamos en ese momento el juego que la climatología establecería para aquellos pocos días mezclando nieve con días de intenso sol, frío y niebla.

La mañana siguiente, como por encanto, se dejó entrever un sol radiante que borraba con rapidez las huellas blancas de la nieve excepto en las partes altas de los montes y en la umbría de los caminos y, de nuevo, claramente visible, forjado en una ladera, Orihuela del Tremedal se nos aparecía a corta distancia. Esa mañana decidimos ascender hasta la cercana ermita de la Virgen del Tremedal y detenernos en alguna de sus fuentes. Durante la subida se divisaba un maravilloso paisaje mezclado entre zonas desarboladas y llanas con horizontes montañosos y plagados de vegetación; incluso encontramos el llamado “Río de Piedra”, cauce formado por una corriente de piedras negras que discurre desde lo alto de la montaña. Seguimos el ascenso hasta encontrar la Fuente de la Canaleja, desbordada su capacidad para dejar escapar el agua debido a la gran cantidad que le llegaba por el deshielo. Un poco más arriba, tras una curva empinada que nos hizo marchar despacio nos detuvimos y nos acercamos al cortado desde el que se nos ofrecía una vista maravillosa mientras el viento resoplaba y parecía hablar de mil historias desconocidas y el cuerpo se mecía en la soledad impasible del paisaje. Al fin, cuando el camino parecía no terminar alcanzamos el santuario, pero estaba cerrado, más deteriorado de lo que esperábamos y menos magnificente de lo que se divisaba desde el alojamiento donde comenzamos el camino pero ahí volvió a aparecer el paisaje combinando ocres y verdes, y fue suficiente para deshacer el camino con una sensación agradable haciendo la vuelta con mucha mayor rapidez que el ascenso construido de empinadas cuestas.

Esa tarde nos dirigimos, con mucho mejor tiempo que la anterior, a recorrer las calles de Orihuela del Tremedal, calles silenciosas, como si en muchas ocasiones el pueblo estuviera desierto. En algunos lugares las fachadas parecen sujetarse por viejas enramadas de parras vetustas hasta llegar a la poderosa mole de la Iglesia de San Millán, considerada la mejor muestra del barroco turolense. Después callejeamos entre fachadas blancas y ventanales, admiramos el edificio renacentista del Ayuntamiento, la casa de los Franco de Liria con bellas rejas de forja y la lonja de dos arcos. Para acabar la visita dejamos a los niños jugar en los toboganes y columpios del colegio local, muy cerca de la Fuente del Gallo junto a la que corre el río del mismo nombre. Ya camino del alojamiento nos detuvimos en una serrería para intentar calcular la edad de los enormes troncos que esperaban para ser cortados.

El día siguiente surge soleado y pronto subimos a los coches para pasar por Orihuela del Tremedal, como haríamos los demás días, y dirigirnos hacia Dinópolis y satisfacer los deseos de los pequeños. La mañana transcurrió entretenida en un parque donde se conjuga la imaginación con la realidad; la investigación, la tecnología y la magia a la que nos lleva la paleontología y así, mientras hallamos todo tipo de entretenimiento para los niños mezclado con el aprendizaje encontrando animaciones, películas y un pequeño parque de atracciones, yo me quedo con la sala enorme donde la imaginación me lleva al Cretácico y encuentro la enormidad y magnificencia de los grandes dinosaurios reflejada en los restos y reconstrucciones que aparecen ante mí.

Tras pasar por la tienda, de donde es imposible escapar al ir acompañado por niños, nos dirigimos a un lugar próximo al alojamiento. Dejamos los coches y caminamos por un sendero mil veces pisado hasta alcanzar la Fuente de los Pradejones a la que llegaba el agua, cauce que se desbordaba de su lecho después de aparecer, como por encantamiento, de mil lugares enclavados en una larga pared de piedra oscura que parecía desangrarse de forma incansable para darnos un agua clara y fría, haciendo del lugar una pequeña pradera verde intenso donde disfrutar del silencio y de la naturaleza. Surgió la sorpresa cuando volvíamos hacía el camino principal que nos llevaría a la carretera y al retorno, por ese día, a nuestro alojamiento. Laura y yo nos adelantamos, ella iba atenta al camino, yo, un poco más despistado, perdido en el paisaje. De repente, un ruido que acelera los latidos del corazón y un ciervo cruza a escasos metros de nosotros. Ella lo vio con toda claridad y yo apenas su sombra escapando. Corrimos intentando verlo más claro, confiando en que la suerte le hubiera hecho detenerse para poder hacerle una fotografía. Tuvimos que conformarnos con retenerlo en la memoria y que nuestras palabras intentasen mostrarlo a los demás.

El amanecer nos muestra un cielo azul infinito y con él ha llegado el momento de visitar Teruel. El Teruel mudéjar que tanto nos atraía y, tras el desayuno, tomamos el camino para consumir esos cincuenta kilómetros que nos separaban de la ciudad. Perfectamente señalizado, fue fácil llegar a la Plaza de San Juan y dejar los coches en un parking desde el que subimos a la misma para advertir sus casas de poca altura y bien conservadas. Dirigimos nuestros pasos por la Calle Ramón y Cajal e, inmediatamente, a nuestra izquierda, apareció maravillosa, mostrando toda su fascinación mudéjar, la Torre del Salvador. Tras unos instantes mirándola, dejamos su visita para más tarde y continuamos hacia la Plaza de Carlos Castell, la famosa Plaza del Torico. En su perímetro porticado abundan los comercios y bellos edificios modernistas y, en su centro, la Fuente del Torico, el toro y la estrella, símbolos de Teruel. En esos momentos, de su piel negra colgaba un pañuelo del mismo color en recuerdo de las víctimas del once de marzo. Tras una pequeña duda decidimos dirigirnos a la Catedral. Destacaba el campanario mudéjar arañando el azul de un cielo totalmente despejado donde destacan su mezcla de mudéjar y el gótico emergente en colorido verde y ocre, combinando la piedra, el ladrillo y la cerámica vidriada. Es una de esas maravillas que sólo se dejan de admirar cuando las cervicales nos advierten que hay que volver la mirada hacia la tierra. Pasamos a la Catedral para encontrar un hermoso interior: capillas y retablos se suceden. Una amalgama de sensaciones inunda los sentidos: el retablo mayor del siglo XVI hecho por el francés Gabriel Joly, la custodia, una de las más importantes de España, capillas de la Coronación y la Inmaculada, o el descenso a la Cripta de los Mártires. La techumbre mudéjar es la gran joya de la Catedral. Subimos por una angosta escalera hasta unas estrechas terrazas por las que caminamos muy próximos al techo. Impone caminar por ellas debido a la fragilidad que insinúan pero nos acercaron a esa armadura que decora todo el techo de la nave catedralicia dando una cosmovisión del Teruel medieval. La vista se pierde entre escenas de Jesucristo y la pasión; reyes, moros y cristianos; campesinos y hombres de letras; guerras, animales..., todo un repertorio de la vida de la época.

Ya en la calle se siente mil veces la tentación de volver la vista y reencontrarse con la Catedral hasta que la perdemos de vista al girar por una de las callejuelas en dirección a la Plaza del Torico para cruzarla y dirigirnos al Mausoleo de los Amantes de Teruel después de un breve descanso para probar el jamón de la tierra. Una vez repuestas las fuerzas retomamos el camino. La capilla donde se encuentran los Amantes de Teruel es un espacio demasiado pequeño para albergar una obra tan hermosa. Juan de Ávalos hizo un trabajo sensacional. Apenas hace falta cerrar los ojos para abstraerse de la frialdad del alabastro y encontrarse con el bello perfil de Isabel de Segura que inclina ligeramente la cabeza hacia Diego. El asombro surgió cuando una luz en la parte inferior me hizo reparar en que a través de unas celosías se podían ver sus restos. Poco queda, desde luego, de la belleza de ella y de la apostura de Diego pero no pude por un momento dejar de recordar el primer verso de un soneto dedicado a ellos que dice: “Dame tu mano cálida, Isabel...” Salí el último de aquel lugar fijándome en aquellas manos que a través del tiempo todavía, al menos en la tierra, aún no han conseguido unirse.
Continuamos callejeando, deteniéndonos ante un quiosco para curiosear los titulares de la prensa local antes de dirigirnos a la Iglesia del Salvador, en una de cuyas capillas hay una figura de la Virgen con un rostro de gran belleza, y subir a la torre provista de abundantes elementos decorativos cerámicos en verde y blanco, desde la que se contempla un bonito paisaje de Teruel. De ahí nos decantamos por comer en el restaurante Centro, lugar acogedor con una buena carta de vinos y productos de la tierra y próximo al centro histórico. Cuesta reanudar la ruta fijada tras la comida pero hay que aprovechar el tiempo y caminamos por las calles turolenses para ver sus monumentos: el Acueducto los Arcos, el Portal de San Miguel y el Torreón de la Lombardera y en la Plaza de Cristo Rey una carpa donde se habían expuesto las imágenes procesionales que tomarían parte en la Semana Santa.

Hubiéramos podido seguir mucho más tiempo descubriendo Teruel pero estábamos cansados y los niños querían regresar al alojamiento así que fuimos a comprar unas trenzas mudéjares, suspiros de amantes y, cómo no, un jamón en una de las tiendas Rokelín.

Descubrir Albarracín rebasó todo lo esperado. Tomamos su dirección pasando por Bronchales y Noguera, pueblo en cuyos altos y zonas de umbría todavía encontramos nieve. Durante buena parte del viaje tuvimos la compañía del río Guadalaviar, que corre hacia el Levante para cambiar allí su nombre por el de Turia. Una carretera llena de meandros de asfalto nos lleva hasta Albarracín acompañados de pinares y choperas, de paisajes de gran belleza natural.

Dejamos los coches en el aparcamiento del Parque Municipal junto al que corre el Guadalaviar y por primera vez dejé que mi mirada se perdiera en un inesperado e increíble paisaje predominando una gama de rojos y anaranjados en las paredes enlucidas, frecuentemente recortadas por entramados de madera. Una conjunción de piedra, madera y yeso donde se alternaban las casas, los palacios, construcciones sucediéndose, llenando los sentidos del placer de la historia.

Subimos una larga escalera que nos condujo próximos a las puertas de la oficina de turismo donde nos comentaron la posibilidad de hacer una visita acompañados de un guía turístico y después, perdernos por las calles de Albarracín. Ya era la hora de comienzo de la visita guiada y nos apresuramos a llegar a la Plaza Mayor dispuestos a seguir los pasos, en este caso, de una guía excelente que manejaba las tonalidades de su voz y el movimiento de sus manos para hacer más interesante y ameno el recorrido, si cabe. Comenzó sus explicaciones en la Plaza Mayor, porticada, con el edificio del Ayuntamiento y las banderas dando colorido a la espléndida uniformidad de la piedra y nos condujo por una estrecha calle hasta la casa de los Monterde, donde por primera vez nos fijamos en los curiosos llamadores con forma de lagartija que, a raíz de ser colocados en la puerta del Palacio Episcopal, fueron instalados en otras puertas para atraer a esa suerte, siempre deseada, en este caso el llamador estaba formado por tres animalitos, reclamo de más suerte si era posible. Llegar al Palacio Episcopal son unos pocos metros, allí aparece el citado llamador y, a su lado, la Catedral. Desde la plaza a la que se abre nos detenemos a contemplar las murallas y al frente las montañas donde en la Guerra Civil se enfrentaron los ejércitos contendientes. A su derecha, alejada, se distingue la vieja Iglesia de Santa María y la mole imponente de la Torre de Doña Blanca, sede de exposiciones. Tras ellas un paisaje agreste de imponente belleza.

Al llegar a la Plaza de la Seo conocemos una curiosidad y es la placa que informa el nombre de la misma reza “Plaza del Aseo” error del hacedor de la misma que se ha decidido dejar como se hizo en su momento. Desde la placita se contempla la figura del señor de la ciudad: su castillo, protector de cada edificio. Ya en la Catedral, en primer lugar destaca el retablo de la Capilla Mayor de la Catedral, obra de Cosme Damián Bas. Imposible ignorar un maravilloso retablo que aparece al lado derecho, realizado en madera sin policromar donde se reflejan con el máximo detalle escenas de la vida de Cristo. Se cree que su autor, anónimo, trabajó toda su vida.

A estas alturas tanta historia nos abruma y no encontramos un momento de descanso con algo intrascendente en sus calles. Seguimos a la guía por callejas para encontrar el Portal del Agua. El agua, fundamental para la conquista de la ciudad y que la casa de Azagra la perdiera; la Calle Chorro con la especial textura de sus tapiales de yeso o las casas apiñadas en la Calle del Portal de Molina y la casa de la Julianeta. Sorprende la fachada azul de la casa Navarro de Azuriaga, construcción realizada para que su mujer, andaluza, aceptara el matrimonio y trasladarse a vivir en Albarracín... Después de mil curiosidades y vistas del pueblo la guía nos dejó de vuelta en la Plaza Mayor. Sólo quedaba caminar. Dejar que la vista y la curiosidad vagaran por el pueblo para admirar fachadas, puertas, miradores, rejas de forja y balcones y, con suerte, algunos zaguanes, sin olvidar comer el cordero a la pastora y de postre las almohábanas de Ben Razín.

Anochece cuando dejamos Albarracín. La visita ha sido intensa, agradable, excelente... El horizonte se tinta de colores vivos y tonalidades oscuras a lo lejos mientras regresamos a nuestro punto de partida.

Había llegado el último día de las vacaciones, queríamos aprovecharlo al máximo por lo que dejamos que fueran los niños quienes decidieran la ruta para la mañana mientras que la tarde sería dedicada a visitar el castillo de Peracense y algún paraje natural de las proximidades. Durante la noche el tiempo había cambiado de forma brusca nuevamente y comenzaba a hacer bastante frío, que esperamos inútilmente que mejorase a lo largo del día.

Por la mañana seguimos una ruta, próxima al pueblo de Bronchales, abierta entre montañas y arboledas, que nos llevó a una reserva de ciervos. Nos conformamos con verlos de lejos, aparecer y desaparecer con rapidez y mostrar en ocasiones curiosidad por nuestra presencia. Tras la comida, la prevista excursión a Peracense se complicó al surgir niebla que se adueño de la zona. No nos dejamos amedrentar y pusimos rumbo a Peracense en una tarde gris e invernal, plagada de una niebla caprichosa que apenas dejaba entrever el camino y fue así hasta que llegamos a las rocas sobre las que se sitúa el enclave defensivo con una construcción impresionante. Era difícil ver en algunas ocasiones desde una muralla a otra y, a veces, la niebla, siempre caprichosa, parecía retirarse, como en un juego, para dejarnos admirar el paisaje que se extiende en el horizonte de la fortaleza asentada sobre areniscas rojas que parecen desmoronarse al pisar sobre ellas. Como en todos los castillos, sencillamente, hay que dejarse llevar un poco por la fantasía y descubrir sus rincones, caminar por las murallas y subir hasta la torre más alta. La niebla vuelve a hacer de las suyas. Al entrar en las estancias abiertas hacia el valle, el viento empuja la niebla al interior a través de los ventanales dando un impresionante y sorprendente efecto de ilusión que hace latir el corazón, un instante, más acelerado y después la imaginación descubre dibujos y sombras..., los efectos que la ilusión quiera dejar entrever.

La niebla parece disiparse y deja distinguir el impresionante espectáculo de contemplar a lo lejos el pueblo, el manto verde que recubre la tierra y el gris de las nubes rozando el suelo. Pronto vuelve a desaparecer la lejanía. El frío doblega nuestro ánimo y decidimos no adentrarnos en otros parajes previstos de la sierra y volver a nuestro alojamiento mientras con la oscuridad comienza a nevar y tememos por las posibilidades de poder partir al día siguiente.

Ha nevado. No lo suficiente para temer que haya problemas en las carreteras y, después de cargar el equipaje, deshacemos el camino, nuevamente blanqueado por la nieve a los lados de la carretera que debido al frío no se deshace durante un buen trecho y sabemos de nuestra suerte al haber tenido un oasis de buen tiempo entre esa borrasca que nos ha dejado disfrutar conociendo una parte de Teruel.

Juan Lorenzo Collado



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