Inglaterra entre Shakespeare y Don Quijote
Cuando pienso en Inglaterra no puedo evitar recordar esta frase de Cervantes sobre el Quijote: ¨Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros (…) y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.¨ Es que cuando viajé a Londres a estudiar inglés a los 17 años, fui parte de una ficción semejante.
Corrían los primeros días de Enero, pero el calor veraniego de Buenos Aires se esfumó en las casi diez horas de vuelo: en la capital inglesa el cielo era una capa homogénea de llovizna y viento. A decir verdad, nada de eso importaba realmente, estaba cumpliendo mi sueño. Llegamos un Viernes al mediodía pero parecía que la noche ya se había instalado. Éramos más de treinta los que formábamos parte de una tutoría. Fuimos distribuidos en casas de familia en los distintos barrios de Londres. A mí me tocó ir a South Woodford, una típica zona de casas residenciales con sus jardincitos y fachadas impecables. La familia, constituida por un matrimonio y sus cuatro hijas, me recibieron como a una más. Me agasajaron con té con leche (que tuve que tomar muy a mi pesar para no empezar despreciándoles su gesto de bienvenida) y galletitas para esperar la cena que sería servida a las seis de la tarde, como era usual. La abundante agenda diaria me impidió apreciar por completo su estilo de vida. Es que de Lunes a Viernes mutaba de estudiante del Stanton School of English a turista, sándwich rápido de por medio. Mientras que el fin de semana caracterizaba una perfecta turista de tiempo completo. Así, no había día que volviese antes de las siete. Entonces, terminaba comiendo sola mientras ellos miraban Coronation street (la novela del momento) en la sala de estar contigua.
Nunca voy a olvidar mi segundo sábado en Inglaterra. Estaba exultante: tantas veces había leído sus obras que visitar su pueblo natal realmente me emocionaba. Me refiero a Stratford upon Avon, cuna de William Shakespeare: un pueblito mercantil de aproximadamente 20.000 habitantes, situado en medio de la campiña inglesa. Ese día el sol se había escurrido por entre las nubes (en realidad, no era más que una febril resolana amarillenta), así que, cuando bajamos del micro en Henley Street, decidí separarme del grupo hasta el horario de vuelta. Mi pasión por la literatura, y por aquel escritor especialmente, merecían un rato a solas conmigo. Desfilé fascinada por entre las pictóricas casas, absorbiendo por los poros el aire alguna vez respirado por el dramaturgo hasta llegar a la casa donde se supone nació. Me paré en las rejas de la puerta para acariciar embobada la textura de su tegumento; cualquier detalle estaba mágicamente embebido de sus versos. Mis ojos, entonces, se maravillaron: Un caballero (armadura y espada incluidas) se acercó y arrodilló ante mí hablándome en un inglés que supuse era escocés o irlandés de tan cerrado. Por supuesto, no entendí ni dos palabras. Levanté la vista sonrojada y, donde hace instantes había visto peatones, aparecieron pomposas doncellas. Algunas envueltas en fajas aterciopeladas, otras con ribetes de raso y polleras jironadas. Entre ellas, se mezclaban cortesanos y trovadores que parecían crear música a la gorra. Me alejé con media sonrisa atónita y media intimidada sin poder emitir sonido alguno. Creo que el caballero continuó balbuceando, aunque tampoco comprendí qué. Caminé casi a la deriva. En el reflejo de una vidriera me encontré, por un instante, personificando a una recatada cortesana más cual encantamiento quijotesco. Entré al negocio y, luego de revisar todo el merchandising del escritor, me decidí por una edición finamente encuadernada de sus obras completas, cuyo inglés antiguo me resultaría, a mi vuelta, casi imposible de comprender. Seguí deambulando, encantada por mis visiones, hasta toparme con la High Street y con dos de mis compañeros. Como era la hora del almuerzo, entramos en un café con prolijos manteles escoceses y nos sentamos en una de las barras contra la pared. Durante casi una hora me distrajeron de mi recorrido. Almorcé una pastrie, una especie de empanada hojaldrada y rectangular de verduras varias (y hasta el día de hoy anónimas), y una gaseosa que, en el cambio de moneda, me resultaron demasiado costosas. Quise preguntarle a mis compañeros si habían visto algo extraño en la calle o si, a mí, me veían distinta, pero no me animé. Supuse que, para ellos, yo seguía en jeans, campera rompevientos y bufanda de lana ya que en ningún momento mencionaron algo respecto de mi vestimenta. Después de tomar café continuamos juntos el recorrido. A los diez minutos ya estábamos visitando Holy Trinity Church, descanso eterno del literato. Nos sorprendió leer una leyenda sobre su tumba, advirtiendo que aquel que moviese sus huesos recibiría una maldición. Abandonando las reminiscencias góticas de la iglesia, subimos por la costa hasta el Swan Theatre sin darle crédito a nuestros ojos: un circo de piedra evocando perfecto la atmósfera cortesana medieval. En sus alrededores revoloteaba la procesión de singulares personajes. Sin duda, eran actores; el estreno de Henry VI, primera parte se anunciaba para dentro de dos días. Esbocé media sonrisa entre mis labios, sintiéndome un poco torpe, pero no hice mención alguna al respecto. Con el aire enfriado de la tarde, admiramos por fuera el Royal Shakespeare Theatre a orillas del río Avon. La brisa, quizás demasiado fuerte como para denominarla brisa, pegaba impiadosa sobre nuestras caras a la vez que se divertía zarandeando nuestro pelo de un lado a otro. Apenas pudimos admirar aquella majestuosidad. Es que el reloj nos había ordenado correr: trepamos por la Bridge Street con miedo de llegar tarde y no encontrar el micro. Por suerte, ahí estaba. Ya en marcha, pero estaba. Mis compañeros subieron primero. Yo no lo hice tan rápido: más allá de Shakespeare, el lugar tenía un encanto especial del cual nunca me voy a olvidar. Regresar sería como releer a Shakespeare: siempre hay cosas nuevas por descubrir. Inspiré una última bocanada de aire y desmonté mi Rocinante, a la vez que me despojaba de todo encaje y terciopelo remanente. Por último, me subí rumbo a Londres, pero sin abandonar mi espíritu fundido con aquel aire ficticio, percepción digna de la herencia Shakesperiana.
Yanina Lorena Rosenberg
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