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Concurso de Relatos - Un viaje que hizo historia - Roma - Vaticano

Un Viaje que Hizo Historia

¿Cómo y por qué llegué hasta ahí? Preguntas que me llevan a recordar lo sucedido hace muchos años, cuando una tímida maestra cruzó las puertas de un colegio de provincia y vio la imagen de un amable obispo italiano presidiendo el salón. Era Monseñor Tomas Reggio, fundador de una Orden Religiosa, las Hermanas de Santa Marta, quienes, cruzando el Atlántico, vinieron a estas lejanas tierras a colaborar en la educación de la juventud. Fueron pasando meses y años, y fui desarrollando mi labor pedagógica bajo la bondadosa y vigilante mirada de ese señor vestido de morado que nos recibía día a día a la entrada del colegio.

Conocedora de la vida de tan insigne personaje, y alentada por las constantes charlas de las religiosas, esperaba el momento de su probable beatificación, soñando con la posibilidad de estar en la Plaza de San Pedro en ese momento. Desde el desolado desierto de Atacama, las plegarias de miles de alumnas, profesoras y religiosas llegaron hasta el Altísimo, y el Santo Padre, después de verificar los milagros de tan santo varón, decidió su beatificación en la Plaza de San Pedro, un 3 de Septiembre del año 2000.

Ya la labor pedagógica de la Congregación se había extendido por todo el país, y el punto de partida para mi peregrinación no era el cálido norte sino el bullicioso puerto de Valparaíso.¡Qué baúl de ilusiones llevábamos cuando a fines de Agosto nos embarcamos en tan esperada aventura!

De partida, recuerdo que el bus contratado para llevarnos al aeropuerto de Santiago, no quería partir en esa fría madrugada, y, llenas de energía, empujamos la pesada máquina que, entre crujidos, logró runrunear como un gato grande y satisfecho. Y avanzamos rompiendo las tinieblas de la noche, los cien kilómetros que nos separaban del aeropuerto. Eramos treinta y seis fieles conocedoras de la obra del próximo beato, guiadas por el deseo de estar presente en Roma ese día tres de Septiembre, y también deseosas de emprender una aventura que quizás nunca volveríamos a repetir.

De Santiago a Buenos Aires fue la primera escala de nuestro viaje. Mirábamos la mole inmensa de Los Andes con la curiosidad de quienes por primera vez tienen la posibilidad de ver tan grandioso paisaje. Cerros y cerros nevados desfilaban ante nuestra mirada estupefacta. Ni el molesto vaivén del avión al atravesar una que otra turbulencia nos incomodaba o asustaba. Era más fuerte la curiosidad de lo que veíamos .A muchas de nosotras nos asaltó el recuerdo de ese grupo de jóvenes uruguayos que treinta años atrás protagonizaron una épica odisea al accidentarse su avión en la nevada cordillera.

Sin darnos cuenta aterrizamos en Buenos Aires .Estábamos tan ensimismados en lo grandioso de nuestros Andes que no nos dimos cuenta cómo el agreste paisaje dio paso a verdes pampas y muchas reses. Ya en Buenos Aires, rápidamente el cambio de avión, y dispuestos a cruzar “el gran charco”. Nuevas experiencias: pasaportes, escalas mecánicas, filas, timbrajes, cambio de hora, nuevos compañeros de viaje, etc. Bajo nuestra mirada: campos verdes, ríos, ciudades, agua, y así hasta quedarnos adormilados hasta despertar, ya al llegar a Roma.

¿Qué puedo decir de la impresión de estar allá?. Por una parte satisfacción de haber logrado la mitad de nuestros sueños de tantos años. Por otra, un poco de miedo a lo desconocido, y una cuota de sentimientos encontrados ante la grandiosidad de una ciudad con tanta historia ¿Qué podíamos sentir nosotros, si nuestros pueblos eran tan nuevos, ante los siglos y siglos de Roma? Otra vez la pequeñez del hombre ante la grandiosidad del arte, la naturaleza y la genialidad.

Roma nos deslumbró desde el primer momento, como a todos los que llegan allí procedentes de este nuevo mundo. ¡Cuánta antigüedad! ¡Cuánta historia acumulada en cada piedra! ¡Cuánta belleza en cada obra de arte que veíamos! Ya creíamos oír los gritos en el coliseo o los encendidos discursos en el foro romano. Todo, todo lo que veíamos nos transportaba a otra época. Nos sentíamos impregnadas de colores, voces, olores de un pasado grandioso y lejano.
Hubo muchas situaciones inesperadas en nuestros días en Roma, por ejemplo: un viaje en tren a Nápoles que casi termina antes de lo esperado, por no saber en qué coche debíamos sentarnos de acuerdo a los pasajes que compramos. Asustadas y sin comprender mayormente lo que el conductor decía, pensamos que tendríamos que bajarnos sin saber por qué. Finalmente sólo nos cambió de coche y seguimos el viaje. Maravillados por las ruinas de Pompeya, casi perdimos el último tren de vuelta. Con el corazón palpitando fuerte, logramos llegar a nuestro hotel ya bien entrado el día siguiente. Anécdotas se sucedían día a día, situaciones imprevistas, extravíos en las calles romanas, atrasos a la llegada al bus, etc, matizaron nuestra estadía en Roma. Un familiar metro que nos transportaba constantemente, pero que muchas veces nos dejó en estaciones equivocadas, era el medio de transporte más usado.

Y así llegó el día de la beatificación, que era a lo que habíamos ido. Expectantes, en una Plaza de San Pedro repleta de fieles, vimos como Su Santidad beatificaba al Padre Fundador, entre otros insignes prelados. Agitábamos nuestras banderas con el entusiasmo de tantos años esperando ese momento, mirábamos una que otra nube que pasaban raudas sobre nuestras cabezas, nos saludábamos, aún sin conocernos, con nuestros compañeros que asistían a ese acto. Intentábamos entablar conversación con gente de diversos países que estaban cerca nuestro. Si hasta fuimos capaces de intercambiar algunas palabras con un grupo de africanos que habían venido a la beatificación de un misionero francés, utilizando nuestros básicos conocimientos de inglés. ¡Qué día inolvidable! ¡Si hasta nos extraviamos a la salida de la ceremonia! Habíamos llegado al final de nuestra peregrinación. Fueron tantos años esperando ese momento y ahora lo teníamos ahí, viviéndolo a fondo, disfrutándolo, sintiendo que se nos removían las fibras más hondas de nuestra espiritualidad.

No sé si alguna personas que lea este relato haya vivido una experiencia semejante Yo la estoy contando para que si alguien tiene oportunidad de ir a alguna ceremonia en la Plaza de San Pedro, en lo posible, contemple la magnificencia del lugar, sienta que la paz inunda su alma y viva en todo su esplendor esos momentos de comunión con el Altísimo .Si van allá recuerden que lo esencial es despojarse de lo accesorio y presentarse sòlo con los mejores sentimientos, viviendo en plenitud la gracia de haber llegado hasta allá.

El resto de nuestro viaje fue muy placentero. Conocimos los principales lugares de peregrinación cristiana, disfrutamos de magníficas playas en la Liguria, nos hospedamos en hoteles cómodos y acogedores, fuimos conociendo lo lugares en que Monseñor Reggio, ahora ya beato, vivió en las diferentes etapas de su vida… Desfilaron ante nuestros ojos ciudades como Génova, Chiavari, San Remo, Veintemiglia, Portofino, etc. Llegamos hasta Triora, perdida entre los cerros limítrofes entre Italia y Francia. Intentamos ascender algunos metros del monte Zacarelli, donde el Beato entregó su alma a Dios.

Finalmente volvimos a nuestro país después de esta experiencia que nos acompañará de por vida .Hace unos días atrás nos reunimos para conmemorar los cinco años de esta ceremonia tan intensamente vivida, contemplamos los recuerdos que de allá trajimos, recordamos y disfrutamos tantas anécdotas que allá vivimos, y yo me sentí motivada para plasmar en esta hoja de papel las vivencias que ese viaje me dejó.

Lidia Galvez Galvez



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