Sombras del pasado
25 de julio de 2003, 11:45 p.m.
Lima, Perú
Hacia una noche brumosa y densa, algo un poco diferente para lo que acostumbraba, pero aun así continuaba caminando mientras trataba de hallar un taxi entre la niebla para que me llevara a mi hostal. Luego de algunos minutos contrate los servicios de un autobús por unos quince nuevos soles. El chofer recoge a otros pasajeros en el terminal del aeropuerto para trasladarlos a sus respectivos hostales y albergues, cualquiera que sea su destino final. Mientras esperaba mi llegada al famoso Mochileros Backpackers Hostel pensaba en la idea que me había llevado a aquel bello país lleno de historias para contar, cultura y riqueza arquitectónica. Coraje. Observaba cada calle y como en ellas se levantan combinaciones de edificios modernos y coloniales. La bruma continuaba arropando el asfalto que lentamente íbamos recorriendo en silencio, callados, cada uno inmersos en nuestro propio tiempo y espacio cuando finalmente a través de la ventana mojada del autobús dificultosamente vi. la silueta de una antigua casa. Presumiendo saber donde estaba, como si fuera un dejabu, asumí rápidamente mi instinto de dirección y reconocí que era el Mochileros Backpackers Hostal que tanto había visto en la Internet. Con una abierta sonrisa, una maleta en la mano izquierda y dos bultos en la derecha alegremente me dispuse a entrar. Era mi primer día de muchos días caminando sola entre ciudades y personas diferentes e iguales.
En el interior de la casucha las paredes eran largas masas de cemento frías de las cuales colgaban cuadros y pinturas, algunas de Frida Kahlo. La decoración ambientaba la comodidad antilujos y el conocido self-service que tanto se practica en estos tipos de viajes mochileros. Dos mesas a cada lado del salón de estar eran usadas para servir el desayuno, el mismo que consistía en pan amasado, quesos, jalea, té, café y jugo de naranja. Al fondo de la sala sé extendía un largo pasillo que daba a las habitaciones y a uno de los patios exteriores. Al lado izquierdo del salón de estar se encontraba un pequeño espacio para ver televisión adyacente a las escaleras que daban a las duchas y baños, a veces calientes y a veces fríos. La casa era considerada patrimonio cultural y estaba localizada en uno de los barrios más bohemios de la ciudad, Barranco. En mi mano derecha tenia un llavero pequeño que sostenía la llave de un candado que habría el cuarto numero cinco en el pasillo a mano derecha. Al abrir las puertas mi reacción fue wao al ver la sencillez ó escasez de muebles de aquel espacio entre cuatro paredes con una sola gran ventana de frente. No había lujos en aquel espacio. No había televisor, ni espejo, ni teléfono, ni baño, ni revistas, ni libros, ni closet, excepto un cuadro en la pared, una mesa de noche en madera vieja, la ventana y mi cama. Entré a través de aquellas largas puertas de madera vieja y sentí un deseo de no tener nada de lo que allí no tenía, solo tener corazón para amar, ojos para ver, oídos para oír, boca para hablar y mi diario para escribir. Por unos minutos, sentada en la cama, sonreía por el hecho de estar donde estaba. Comprendía que era un compromiso conmigo lo que me había llevado por esos rumbos y que más que una aventura era una prueba para mi alma. Sabía que no tenía nada que perder y me dispuse a abrir mis sentidos dejando que el aire de las montañas del sur, las más bellas montañas que jamás había visto, me inundaba con su magia. Esa noche decidí salir a ver la ciudad y ver que Lima me ofrecía. Barranco parecía estar de fiesta y no era para menos ya que se celebraba en todo el país las fiestas patrias por el día de la independencia el 28 de julio de 1821. La gente en las calles festejaba su libertad bebiendo pisco y tocando el chango, uno de sus instrumentos musicales. Los turistas andaban calle arriba calle abajo observando el festín y en los kioscos de artesanía no cambian un alma regateando precio para llevar algo a casa. Mientras tanto, el efecto del jet-lag se confundía en mi como un reloj que no marca bien las horas. Estaba un poco agotada por el viaje pero aun quería seguir rumbeando y celebrando como si fueran mías también las fiestas patrias. Entre a un bar que parecía estar encendido por la música y a empujones llegue a la barra.
_ ¿Hola que te puedo servir? Me pregunto el bartender
_ ¿Quiero una cerveza de aquí, como se llama?
_Cristal, aquí tienes. Son cinco soles.
_Tome quédese el cambio, gracias.
Como recuerdo haber disfrutado de aquella fría cerveza bajando por mi garganta después de un largo y agotado día de vuelo. Mientras observaba a cada lado del bar la gente bailando y hablando el dj daba vida a los discos mezclando ritmos y sonidos que latían en tu cráneo, corrían por tu sangre y salían por el sudor de una noche que para muchos era juerga. De repente desde un extremo de la pista, abriéndose paso entre la multitud, apareció un argentino llamado Rodrigo y se presento. El joven delgado como un alfiler y muy alto llevaba cuatro meses en Lima ya que estudiaba teatro y actuación en una de las universidades publicas de la capital. Luego de varias cervezas salimos a la calle para recorrer algunas cuadras del barrio hasta llegar al famoso puente de los suspiros donde muchas parejas acostumbraban dar un romántico paseo. Cruzamos una calle y entramos a otro bar con estilo bohemio. En la pared había muchos cuadros de diferentes rostros algunos con expresión de horror otras con expresión de alegría. Las mesas eran de madera vieja en caoba con algunos rasguños en el tope resultado de su vejes. En la barra varios hombres bebían el pisco, aguardiente o algún trago local para sacudirse un día pesado de trabajo.
Algunos ya borrachos cantaban canciones alubias a la patria otros solo ahogaban sus penas en copas y cigarros hasta ya no aguantar mas la borrachera y a tientas caminar hasta sus casa. Rodrigo y yo ordenamos dos piscos para brindar por las fiestas patrias mientras observábamos entre risas como el alcohol nos desplomaba. La mesa contenía ocho copas de pisco vacías y varias colillas de cigarrillo esparcidas por doquier. Ya el alcohol nos hacia efecto dramático y apenas podíamos mantener el sentido y la lucidez al hablar. Decidimos pagar y comenzamos a andar por aquellas calles mojadas y frías ayudándonos mutuamente para evitar alguna caída o resbalón hasta llegar a mi hostal donde me despedí y me fui a dormir. A la mañana siguiente luego de un caliente y merecido baño baje a desayunar. En la mesa nos amenizaban con un delicioso desayuno continental el cual no era más que tostadas con jalea y unas tazas de té. Disfrute cada minuto de mi desayuno observando las nuevas caras que en la noche anterior seguramente de fiesta estaban y decidí que el plan del día seria aventurarme a recorrer por mi cuenta la ciudad que con los brazos abiertos me estrechaba. Camine hasta el humilde mostrador de la recepción y pedí un taxi. Al cabo de algunos minutos un taxi color amarillo llego a la puerta del hostal y avisándome la recepcionista camine hasta la entrada y me monte.
_Buenas tardes señorita. Dijo el chofer
_Buenas tardes. Le respondí
_ ¿A donde sé dirige en bella mañana de hoy?
_Quisiera que me llevara a la Plaza de Armas por favor.
_Ya. Me responde el chofer arrancando el auto.
El camino era muy brillante a pesar de que en la noche anterior hacia tanta bruma. Ya eran las diez de la mañana y la gente comenzaba a aparecer en las calles de la ciudad con la resaca de la noche anterior por haber celebrado las fiestas patrias, sin considerar que aun quedaba lo mejor de las fiestas. El recorrido hasta la plaza fue de algunos veinticinco minutos de tapón. El chofer me dejo unas cuadras mas abajo ya que él trafico según el era muy pesado hasta el mismo centro entonces le pague con algunos soles estrujados y salí del auto. Entre los cobujones salía algún mocoso con la cara sucia y despeinado pidiendo algunas monedas, otros te ofrecían “una postal señorita” para comprar algo de comer mientras el sistema pone como siempre oídos sordos a la situación. Caminando con mapa en mano para evitar una perdida llegue a la gran plaza rodeada de increíbles edificios y flores de mil colores. Estaba abarrotada de personas que seguramente hacían lo mismo que yo, observaban cada ángulo del lugar para llevar el recuerdo marcado en el corazón.
Saque mi cámara y sin contemplación comencé a captar. El Palacio de Justicia, la Municipalidad, la Catedral, sus Jardines, las caras, las palomas, las flores, el cielo, las calles, las casas, lo que veía, lo que no veía, retrate el perfume de ese día, el sentimiento que tenia, retrate esquinas, callejones, todo lo que a mi alcance se ponía, simplemente lo capte. Sin darme cuenta ya casi dos rollos de cámara había gastado en solo algunas horas de mi segundo día. Ya era tarde y las horas llegaban lentamente arrastrándose entre los cobujones cubriendo los cielos de mantos rojos y grises con pequeñas estrellas asomándose curiosas sobre mí.
El día 27 de julio de 2003 un auto pequeño color negro, parado frente a las puertas del hostal, nos esperaba a Natasha y a mí para llevarnos a un recorrido por la zona afro peruana del país al sur de la capital. Natasha era una estadounidense muy simpática que amigablemente había compartido el desayuno conmigo apenas unas horas antes de llegar el auto. Resulto ser una voluntaria de uno de los centros que ofrecían educación y salud a la comunidad de Urubamba, un pueblo al sur central del país. Ella estaba de viaje por la zona temporalmente y se trasladaría en algunos días al centro para ofrecer su ayuda a las diferentes comunidades. Entre alguna de las misiones que realizaba se destacaba la predicación a jóvenes y niños y por supuesto la educación. Martín buen amigo actualmente y Carina nos recibieron en la puerta con una sonrisa y un energético buenos días. Ellos serian nuestros guías para esta inolvidable trayectoria a través de un siglo dieciocho lleno de conquistas españolas y negros esclavos sepultados como pobres animales en aquellas tenebrosas y obscura catacumbas escondidas en lo más profundo de la Pachamama. Arrancamos el motor apretados entre sí en aquel viejo Station Wagon que hacia más ruido que una cortadora de grama. El recorrido era largo y lento por la Panamericana que cruzaba dos continentes enteros desde el sur fronterizo con Chile hasta el norte allá en San Diego. La ventana de mi lado estaba atascada por lo cual apenas se colaba un hilo de aire para al menos no sofocarme a causa del placentero transporte. Natasha dormida, daba cabezazos contra mi hombro mientras yo trataba de acomodar mi otro hombro por encima del cinturón de seguridad que lo ahorcaba para poder descansar aunque fuera un poco. Desperté luego de algunas horas de camino por la sensación de sofoque que sentí al no recibir aquel hilo de aire por la ventana entre abierta y vi que mis compañeros gozaban de algún té caliente que reconfortaba sus energías. Luego de forcejear con aquella puerta, salí a estirar mis piernas y espalda que no aguantaban mas la posición casi fetal que sé requería para poder permanecer en el auto. Escogí un té de coca que humeaba descontroladamente y poco a poco lo fui bebiendo a sorbos hasta quedar el fondo frió en el vaso y una yo un poco soñolienta por los efectos secundarios de la hoja sagrada. Al continuar nuestro recorrido, avanzando a paso lento, el paisaje sé extendía a ambos lados de la carretera esparciendo arena en dunas que a veces se desaparecían trayendo una costa de mar que solitariamente nos miraba ganar tiempo y paso. De repente entre arena y mar llegaba un oasis verde de palmeras y flores que recordaba otro tiempo en mil y una noches.
Martín nos hablaba a Natasha y a mí de la cultura e historia del Perú e intercambiaba impresiones con nosotras sobre temas de política, música, sociales y economía mundial. Mientras hablábamos vi una casa grande a través de la ventana. La casa de pasillos relucientes y bellas trinitarias en colores eran los restos de la hacienda San José que en ese momento albergaba a turistas y servia de museo para todo aquel que a sus pies llegaba. La hacienda figuraba entre una de las estructuras más antiguas del siglo dieciocho donde los españoles construyeron día a día la pesadilla más feroz para los negros, La esclavitud. Castigados y ocultos como perros eran enviados a cámaras de tortura para engrandecer el ego del hacendado que menospreciaba a un hermano por el mero hecho de ser negro. Sus escasas vestimentas blancas recogieron el sudor de una jornada a fuerza de machete y su frente se marcó con el sol que agitaba tarde y noche para que la tierra pariera su libertad. El negro con sus ojos cansados y llorosos recibía como paga el odio racial de un maldíto blanco que con orgullo pendejo sé cogía una negra y la violaba. Esa negra con la dignidad faltada se observaba en silencio notando los cambios internos que los meses después traían y con odio y menosprecio maldecía a su cría. Los años pasaban y la historia se repetía hasta hoy ser el resultado este color mestizo que muchos odian. Salimos de la hacienda con dignidad de ser quienes éramos y agradecidos de tener ese gen negro en algún lugar de la sangre y llegamos a dos barrios cercanos ubicados en la ciudad de Chincha, uno de ellos el Carmen y otro Guayabos. Eran dos barrios pequeños con quizás unos quinientos habitantes entre ambos, no tenían mucha tecnología ni tampoco un estilo de vida rápido. Algunas calles tenían asfalto mientras que otras solo eran en piedra y tierra. En uno de los barrios, Guayabos, él más pobre de los dos, entramos a comer. Las calles sin asfalto dirigían imaginariamente hasta las puertas de las casas y el único restaurante allí establecido. Las casas eran de cemento sin pintar, algunas revelaban los bloques y otros materiales de construcción. El restaurante, también sin pintar, lucia un tanto viejo y pobre con unas ventanas sucias por el cemento esparcido por el viento. En su terraza había tres mesas de comedor hogareñas combinadas de varias sillas disparejas. Entramos y nos sentamos a esperar que algún mesero saliera a tomar nuestra orden. Por una puerta avanzaba una mujer robusta y grande hacia nosotros. Su color era negro casi violeta y sus facciones aplastadas como la de los negros de antes. Su frente brillosa marcaba hilos de sudor que le bajaban por los ojos y sus caderas y nalgas mantenían un movimiento rítmico cada vez que daba un paso. Aquella mujer era cualquier comadrona de novela de esas que son tu paño de lágrimas, una típica negra esclava. La doña se acerca a nosotros y con una sonrisa que revelaba lo único blanco en su boca, además de los alrededores de los ojos, nos dio el menú. Al cabo de unos minutos nos trajo un refresco a temperatura ambiente y procedimos a ordenar la comida. Mientras esperaba la comida y entre uno que otro intercambio de palabras con los allí presentes observe que lo que tal parecía un restaurante no era otra cosa que una casa y que la dueña no era mas que la vieja comadrona que nos atendía, Mama Ine.
En los alrededores había gatos maullando, perros sarnosos arrancándose la vida, niños correteando todos sudados y moscas que al parecer apetecían más nuestros refrescos que los refrescos que salían de la piel de aquellos perros enfermos. Me daba un poco de asco aquel lugar pero no quería pensar en eso así que me introduje a la conversación que para ese entonces se ponía muy interesante. La comida resultó muy buena y con un gran gustos. Aquel arroz blanco con cebiche crudo era delicioso. Nada que decir sobre las papas amarillas en roscas que se servían frías, eran deliciosamente picantes. Los tallarines en salsa resultaron buena elección también y aquellos que pidieron carnes terminaron llevándose los dedos a la boca. Seis horas más tarde y en medio de un tapón las estrellas alumbraban los cielos mientras los carros escupían un humo espeso por sus mofles. Él transito no corría a favor de los minutos que ganaban tiempo y nosotros en el pobre Station Wagon éramos atacados por una ansiedad que era evidente por nuestro comportamiento de no estar quietos en nuestros escasos espacios. Cuando las esperanzas estaban a un borde del suicidio la fila de carros comenzó avanzar para nuestro auto beneficio y en menos de una hora ya estábamos en Lima una vez más. Nos despedimos de nuestros guías intercambiando emails para tomar un baño fugaz y salir a tomar algún buen licor nativo esperando ver que nos traía la noche en Barranco que aun continuaba de fiesta. En las calles los jóvenes ofrecían cosas que te garantizaban una nota incontrolable, pastillas sexuales y sellos raros que al pasártelo en la lengua té producían según ellos alucinaciones casi instantáneas. La noche estaba a alta velocidad, eso sé podía ver. Los locales y bares estaban llenos y la gente comenzaba a actuar locamente. Las parejas en los rincones comenzaban a manosearse y besarse apasionadamente como resultado de alguna droga haciendo tremendos espectáculos sin nada importarles.
Continuamos caminando en medio de todo aquel despelote y entramos a un café que desde afuera se escuchaba las notas suaves del Jah Music. Nos sentamos en una mesa rodeadas de gente y pedimos una jarra de cerveza Cristal. La nota en este lugar era diferente. Parecían en otro mundo pegados como en la nada, riéndose de cuanta bobera sé aparecía y de momento arrancaban para devorar cualquier alimento que calmara su inexplicable hambre abrupta. La jarra de cerveza sé había evaporado como por arte de magia, ya nada quedaba en el fondo solo una espuma que se secaba en el cristal. La temperatura nos subía y el calor nos invadía a pesar de que afuera hacia frío. Era evidente que el alcohol hacia estragos corriendo por nuestra sangre y en efecto todo nos causaba risa y una gran felicidad. La música de un jamaiquino Rasta sonaba a todo volumen haciendo que cada cuerpo se moviera de lado a lado en su silla. Era una música suave con el sonido fuerte de una percusión haciéndonos viajar a alguna playa del caribe o algún río del sur de Jamaica.
A la mañana siguiente ya Natasha había tomado el bus con destino al centro voluntario en Urubamba ubicado a siete horas aproximadas de Lima, entonces yo decidí tomar un tour por la ciudad con mis nuevos amigos Martín y Carina. Comenzábamos a recorrer el centro en un carro compacto color oscuro, Carina y Martín al frente y yo atrás. La primera parada fue un mercado local artesanal donde tenían un sinnúmero de cosas a la venta. Desde licores hechos de frutas y vegetales hasta joyas hechas de alpaca, un metal común en la zona. Mientras caminaba por los puestos observaba las diferentes joyas y probaba cada cosa que me ofrecían aquellos indígenas de buena honda. Entre todo aquello que tome se encontraba la famosa bebida ancestral Chicha de Jora, una bebida fuerte hecha de la fermentación del maíz cuyo procedimiento es casi comparado a una obra de arte. A continuación el proceso: Remojar la jora en agua tibia por media hora. Luego cambiar el agua y dejar remojar por media hora más.
Colarlo y ponerlo a hervir en tres litros de agua a fuego lento durante ocho horas, remover constantemente hasta tener casi el resultado. Se recomienda usar una cuchara de palo. Cuando entre en ebullición no se debe permitir que se reduzca, por lo que se debe agregar agua tibia para mantener el nivel. Al final, se agrega el azúcar y la chancaca mejor conocida como azúcar sin refinar o panela. Se Disuelve y se pone a enfriar. Se deposita la chicha en vasijas de barro y sé protege con tamices o mallas por donde filtre aire. No se recomienda nunca sellarla herméticamente porque se abomba antes de fermentar. Se deja la chicha en reposo por ocho días, luego se retira la espuma y se cuela los sedimentos, sé endulza a gusto y un buen baso por la salud. Allí camine cada rincón del mercado observando diferentes artículos hechos a mano, probando pan amasado y oyendo la bella música andina. Recorrimos la Plaza de armas observando en su perímetro el Palacio de Gobierno, La Catedral, la Municipalidad y un edificio público (frente a Palacio) que simbolizaba al pueblo. También visitamos una zona peatonal llamada el Jirón de la Unión llena de cuadros de arte y galerías hasta llegar a la imponente Plaza de San Martín inaugurada en 1921 con motivo de los cien años de la Independencia del Perú. Entrando por una calle paramos en el Barrio Chino. Aquello lleno de vida abría las puertas de sus tiendas y restaurantes chinos mejor conocidas como chifas para todos los caminantes interesados en algo nuevo.
Continuamos caminando y Martín me recomendó subir al cerro San Cristóbal para que viera la vista de la ciudad aunque debo mencionar que la neblina, cosa que estuvo muy presente durante los días anteriores y siguientes, no dejo ver nada. Finalmente llegamos a un pasaje de nombre Santa Rosa y junto a Carina hablamos esperando llegar el atardecer.
El día 28 de julio en un vuelo de LanPerú yo llegaba a la misteriosa y mágica ciudad del Cuzco. Ubicada en el sur este de los Andes a 3,400 m, 11, 150 pies sobre nivel del mar esta bella ciudad despliega uno de los imperios más notables de la historia de la humanidad. La ciudad es hoy una mezcla extraña de la arquitectura del Inca y del estilo colonial que se aprecia en cada uno de sus edificios e impresionantes catedrales. La tarde era aun más fría que en la capital y por la ubicación geográfica tan alta, era preciso sentir la gran presión que abatía las sienes. Con cada paso mas jaleos y nauseas se avecindaban mientras la respiración se acortaba y el corazón marcaba fuertemente el ritmo en el pecho, un té de coca para climatizar. Las calles eran rodeadas por casas de ladrillos y pequeños establecimientos abiertos al público para la venta de artículos. Las paredes de los edificios de la zona central estaban construidas de piedra tallada, mientras en los suburbios eran de adobe barro ladrillo o pirka, con las paredes de tipo rayado con estuco pintado o yeso hecho de arcilla.
El hostal donde reserve mi estadía por cinco días estaba ubicado en la cuesta San Blas a solo dos cuadras de la Plaza de Armas. El hostal Amaru era una sencilla estancia de huéspedes hecha en madera con bellos jardines en su patio interior que daba un ambiente sereno y místico. En sus habitaciones se respiraba un aire suave y oloroso proveniente de las bellas orquídeas que colgaban de los cestos del patio. La sala tenia una pequeña mesa en donde se registraban los huéspedes y unos estantes donde se colocaban libros que previamente habían sido intercambiados. Dos sofás de madera hacían juego a una bella mesa en el centro de la sala con unas simples lámparas de caoba talladas a mano en ambas esquinas del sofá. La sala poco iluminada prendía la chimenea en las noches procurando ahuyentar el frío mientras se escuchaba el crujir de la madera quemándose. A través de las ventanas de la sala se oían los pasos acelerados de la gente dando con el taco en los adoquines de la cera. Sé sentía la magia rodear las calles y dar la bienvenida a todo forastero transitorio en aquel ombligo del mundo. Una vez instalada salí a recorrer las calles misteriosas del Cuzco sin sospechar que la altura impediría por algunas horas que mis pies andarán dispersos entre muchos pueblos. No soportaba el dolor de cabeza ni la fatiga a causa de la presión del mal de altura, como le dicen. Entonces fui a donde una chiquilla adolescente que rápidamente con una sonrisa en los labios me ofreció un té de Coca. Aquel té caliente me relajaba tranquilizando mi espíritu y hasta me causaba efectos somníferos. Luego de varios tragos de la infusión y algunas palabras con la chiquilla me recosté derrotada por el sueño acumulado. Varias horas después desperté con toda la energía recuperada para explorar los rincones de aquella ciudad sin igual. Baje a la sala y salude a la chiquilla Eliza quien recibía a otros huéspedes y los alojaba en uno de los acogedores cuartos. Le dije adiós con la mano y mientras ella me respondía amistosamente, abrí la puerta y me entregué a un mundo desconocido y nuevo. Baje las dos cuadras y llegue a la Plaza de Armas. Las calles en la Plaza eran extensas y eran transitadas por choferes desesperados y a la defensiva. La Plaza era rodeada por jardines de colores brillantes y edificios tan difícilmente elaborados que sin duda alguna eran capaces de robar cualquier suspiro insospechado.
Hacia mucho frió en Cuzco y era preciso ver personas buscando refugio en las catedrales para protegerse del frío. Aquellas catedrales recordaban a los antiguos templos jesuitas llenos de pinturas e imágenes sacras. En sus interiores bellas fuentes esparcían agua a los jardines que se regaban como una verde alfombra con incrustaciones de piedras preciosas. Los pasillos, alguno de ellos recién restaurados, daban un aspecto viejo pero clásico. Las paredes sostenían frescos de óleo sobre tela con temas religiosos algunos con santos otros con ángeles. Camine a través de las calles observando sus alrededores misteriosos, me senté junto a unos niños de mejillas tostadas, frente a la gran catedral observando a las palomas extender sus alas por los cielos. Alrededor de la Plaza los edificios parecían querer caerse por la antigüedad. Había restaurantes, bares, galerías, tiendas de souvenir, agencias de turismo y casas de cambio de monedas. Todo auténticamente bajo la marca del Cuzco se sentía en cada rincón. Aires de misterio, historia y grandeza en su civilización eran absorbidos por los cientos de forasteros, viajeros y soñadores en busca de una única viva experiencia de vida. Observada bajo un cielo lleno de estrellas continuaba caminando hasta encontrar a unos amigos parisinos que había conocido días antes en el Mochileros Backpackers hostel de Lima.
_Bon Jour mes amies, Comment vous avez?
_Nous avon tree bien, et toi?
_Je suis bien mercy.
Y así entre algunas palabras mal pronunciadas y un ingles que ninguno dominaba a perfección nos comunicamos mientras caminábamos a una presentación folklórica de bailes típicos cusqueños. ¿Cómo recuerdo la música? Simplemente puedo decir que era una melodía alegre y con fuerza donde resaltaba el sonido suave de una quena y el constante aullido de las cuerdas de un chango. Había bailarines danzando la música con bellos atuendos de colores que frente a nosotros se confundían con la decoración del teatro. Las mujeres, con sus largas trenzas negras bailaban alrededor de los hombres mientras ellos las observaban girar. Todo parecía otro tiempo y espacio donde la tristeza no existía y solo sé sentía la felicidad de ser un campesino humilde en la ciudad. Al terminar la función salimos a caminar bajo un frío inaguantable hasta llegar a un restaurante casi con los dedos frisados. Mis nuevos amigos ordenaron comida en un francés que el mesero entre señas, español y un mal ingles escribía.
Mientras tanto, nosotros en la mesa intercambiábamos diferentes ideas y opinión acerca de la vida, los países y el Cuzco la gran ciudad, esperando a que por lo menos una canasta de pan nos ofreciera. Nunca llegó el pan pero unas delicadas canastas de ensalada fueron a parar a nuestra mesa esperando a ser ingeridas cuando tremendos platos fueron colocados en la mesa. Primeramente mis amigos probaron unos anticuchos muy parecidos a los típicos pinchos de carne o pollo de Puerto Rico solo que estos son de corazón de res. También probaron otros platos cuyos nombres son impronunciables y a prueba de gusto y dulces que eran tan dulces que sé té hacia la boca agua solo de mirarlos.
A la mañana siguiente salí junto a un grupo de turistas en un autobús coush a un mercado artesanal en un pueblo llamado Pisaq a 32 Km. del Cuzco en donde además de ver arte, comí pan ancestral y oí música. El pan era elaborado en hornos de barro, una costumbre antigua que aun se mantenía viva en aquel pueblo. Eran hechos de queso derretido con tomates y colocado en el fondo del horno para que tomara ese único olor y sabor a cultura. En el mercado existían alrededor de treinta quioscos artesanales de cerámicas, cueros, prendas, tallados, pinturas, manualidades, instrumentos de música etc. Ubicados uno alado de otro, de los kioscos colgaban un bello textil casi transparente que se deslizaba jugando con el viento entre aquellas almas. Caminaba distraída entre la vida de aquel mundo completamente distinto al mío donde se vive a toda prisa tragándose el mundo de frente, siendo egoísta y sin considerar al de alado. Este mundo especial contenía en los rincones leyes de supervivencia sin exterminio, leyes de consideración y tolerancia sobresaliendo como excelente característica del pueblo el orgullo de ser quienes eran ellos. Cada vez que me acercaba a otra mesa, alguna dama chaparrita de tez oscura y mejillas tostadas salía a mi encuentro ofreciéndome un collar, una pulsera o simplemente mirar la mesa. Otras damas envueltas de tela y colores ofrecían a cambio de un nuevo sol un recuerdo para siempre grabado en el foco de la cámara.
Aun hoy lo recuerdo aunque un poco borroso pero vivo como aquel mismo día en que ni el sol refugiaba los andantes de aquel frió de agosto en el continente sur americano. Cierro los ojos y los veo. Veo aquellos ojos negros de expresión profunda mirarme con nostalgia y pena. Los veo recorrer las plazas de arriba a abajo con la palma de las manos extendidas esperando algo, quizás una moneda. Creo que esperaban la vida entera, una oportunidad para llevar algún trozo de pan a la mesa vacía de su casa. Solo en ocasiones lo llevaban, solo en ocasiones cuando al turista algo le sobraba. Y ahora los veo a la vuelta redonda de una plaza en un pueblo llamado Chincheros. Todos arropados de textiles gruesos hechos de mil colores. Esperan y observan con esperanza a que alguien les compre quizás un preciado recuerdo que con esfuerzo sus manos han elaborado. Van pasando los días y me acosa una palabra, marginación. Una sociedad marginada por su misma sociedad. Niños marginados junto a sus padres, abuelos, tíos, primos, hermanos, familias enteras quienes buscan solo la forma de sobrevivir. Sobreviven al sistema, sobreviven a la iglesia que rechaza al haraposo callejero que simplemente busca la paz, sobreviven a los ricos vecinos que no hacen más que cerrar las puertas ó al patrono que muerde con rabia al obrero. Sobreviven al hambre que abate y tortura, sobreviven al frío, sobreviven a un discrimine que aun no entiendo y simplemente sobreviven en un país que trata de mutilar sus vidas por ser simplemente ellos los pobres hermanos.
La segunda parada fue hacia el pueblo de Ollantaytambo, la única ciudad Inca habitada en la actualidad considerada centro administrativo, económico y religioso. Allí observamos sus edificios y terrazas agrícolas. Sin darnos cuenta estábamos tocando casi el cielo con las manos y los Andes nos rodeaban con simpleza desde la distancia. Su altura de 2,700 metros era evidente cada vez que nuestros ojos a los extremos se iban, mas el silbido del viento nos recordaba que estábamos en territorio sagrado y escondido. Las piedras se levantaban como grandes paredes inanimadas a lo extenso del lugar rebelando que la ubicación perfecta entre ellas no permitía ni el traspaso de una aguja ya que aquello era una tecnología única en su clase. Lejos de donde nos encontrábamos, en otra montaña, se podía ver como una especie de cárcel o cámara que se cree era utilizada como refugio ó de observatorio astrológico por los incas. En esa montaña, una vez al año, sé podía ver un juego de luz y sombra que se manifestaba en el punto mas alto, tal como ocurre en Chichen Itza México cada solsticio de primavera. El origen del nombre de esta ciudad tiene varios enfoques. De acuerdo a la lengua aymara, Ollantaytambo deriva del vocablo ulla-nta-wi, que quiere decir "lugar para ver hacia abajo"; el término tambo es añadido posteriormente. Para la lengua quechua el nombre proviene de la palabra Ollanta (que es el nombre de un capitán Inca, cuya historia se guardó como una tradición oral y escrita como un drama de Antonio Valdés, sacerdote de Urubamba, a mediados del siglo XVIII) y del término tambo una derivación española del vocablo quechua tampu; que quiere decir "ciudad que ofrece alojamiento, comida y consuelo a los viajeros". Ollantaytambo es otro parque arqueológico nacional al cual se le atribuyen diferentes funciones por su ubicación estratégica. Ollantaytambo fue una construcción militar levantada para proteger la capital del imperio incaico de las posibles invasiones de los Antis.
También se dice que fue construida para habilitar caminos hacia el Antisuyo. Lo que nadie discute es que fue una ciudad muy fortificada, rodeada de una pared con pukaras o fortalezas. La principal de ellas es la llamada Casa Real del Sol pero también podemos encontrar las fortalezas de Choqana e Inkapintay, en el lado izquierdo del río Urubamba. Es una de las pocas ciudades que aún mantiene la planificación urbana incaica. Está dividida en dos partes por el río Patacancha: la primera (al este) es de forma octogonal con manzanas de diferentes tamaños, y la segunda (al oeste) es de carácter ceremonial donde se halla la Plaza Mañay Racay conocida como Aracma Ayllu.
Terminamos el dia con un almuerzo buffet en un restaurante al aire libre en Urubamba acompañándonos la bella música andina. Salí a ver el paisaje cercano mientras mis compañeros aun comían y camine por los alrededores viendo bellas flores sembradas en la tierra. Así poco a poco observaba como Inti, el sol, sé escondía justo atrás del nevado esperando a que Killa, la luna, llegara y alumbrara los valles que a lo largo se extendían. De vuelta en el Cuzco llegue al hostal y salude a Elisa que trabajaba arduamente con los nuevos huéspedes. Entre a mi dormitorio y saque un libro para ella.
_ Elisa aquí esta el libro del que te hable, te gustara mucho porque habla de la reencarnación y la experiencia de las vidas pasadas. El autor expone casos de pacientes que van a él por problemas de salud y descubren que la raíz de todo esta en un trauma de su vida pasada. Este libro en específico trata de una pareja de desconocidos que descubren con el tiempo que siempre existieron en la vida del otro y que no importaba cuan lejos estarán su amor era mutuo por siempre a través de los años.
_Gracias amiga lo leeré antes que termine tu estadía hache con nosotros.
Mientras yo esperaba por Laurent, Eli y Christopher, mis amigos parisinos, para ir a comer, Eliza y yo conversábamos sobre el Cuzco, el libro y sobre cada una de nosotras. Finalmente luego de algunos minutos llegaron con su estilo europeo y su esbelta altura sonriéndome. Le dije hasta luego a Elisa y salimos por la puerta para bajar las dos cuadras y localizar un buen restaurante donde poder comer y conversar un poco. Ni los guantes ni los ponchos lograban amortiguar él frío que sé sentía en el Cuzco. Tratábamos de caminar deprisa por las calles húmedas pero los huesos afectados por el frío impedían un movimiento rápido. Laurent y yo caminábamos al frente mientras Eli y Cristopher nos seguían a paso cortado escondiendo el rostro entre sus ponchos para protegerles del frió. Luego de dar la vuelta alrededor de la plaza decidimos cruzar a un callejón un poco alejado y allí abriendo unas puertas grandes color ladrillo llegamos a un comedor donde también comían otras personas. El menú era bastante variado y francamente complicado de entender así que solo algunos de los títulos aparecían como sigue a continuación. Tamales: Masa de maíz rellena con carne, envuelta en hojas de plátano y cocida al vapor, Lawa: Sopa de maíz fresco, habas, ají amarillo seco y huacataym, Adobo: Carne de cerdo adobada con chicha y especias, cocida a la olla, Humitas: Masa dulce de maíz rellena con canela y pasas, envuelta en hojas de maíz y cocida al vapor, Kapchi: Guiso o sopa de habas o de setas con papas, leche, huevos y queso. Satisfechos con la comida un tanto exótica partimos hacia la plaza para entrar a un bar y tomar algún trago fuerte que nos calentara el sistema. El Irish Pub se encontraba a 150 metros de la plaza, allí nos sentamos en una mesa a tomar y picar maní mientras las horas pasaban. Cuando pedimos la cuenta todos queríamos pagar pero yo opte por colocar veinte soles sobre la mesa y con una mirada fija les hice saber que yo me encargaría de pagar el total. Al salir el viento frío y seco nos golpeaba nuevamente en el rostro como si fueran pedazos de hielo pegados a gigantes abanicos que batían sus aspas velozmente sobre nosotros.
Con la respiración agitada comenzamos a ascender las dificultosas dos cuadras ubicadas en la cuesta San Blas para llegar a mi hostal. Al llegar, la nostalgia nos tendía una trampa porque pensábamos que no tendríamos que despedirnos, pero al darnos cuenta de la verdad, había llegado el momento de decirnos adiós y partir por nuestros rumbos ya marcados. Esa noche nos despedimos con un fuerte abrazo y nostalgia disfrazada porque sabíamos que nunca más nos volveríamos a ver ó por lo menos por ahora.
En este tipo de viaje donde los que llegan solo llegan transitoriamente y los que se van, se van dejando una gran huella en tu vida, es preciso siempre cargar con dos cosas muy importantes. Un saco y un par de tenis. En el saco se echara toda migaja de nostalgia disfrazada para así poder continuar rectamente por los senderos ya marcados sin sentir el vacío que deja la despedida de un nuevo amigo viajero. Un par de tenis para caminar rumbo al norte sin mirar atrás dejándolo todo en el pasado y abrir los brazos a todo lo bueno que a partir de ese instante llegue a cambiar el sentido de la vida. En este viaje los nostálgicos sacan pasaje de ida y vuelta en sus recorridos por la vida; los que no lo son, de ida solamente. La fatiga de caminar a veces confunde pero la sensibilidad del alma explora los últimos confines marcados en el libro de la vida de cada cual. Alguien llega y se extiende una mano amiga, por varios días se comparten bellas cosas mientras el tiempo cuente los minutos a favor. A veces se viven desafíos y retos, otros días se viven aventuras ó amores. Los minutos avanzan y la nostalgia de saber que no estará comienza a apretar el alma. Durante esos días se vive el momento, concepto utilizado por muchos, filosofía de vida sin fundamento pero que tiene sentido a la hora de vivir la vida con pasión. Los lugares traen consigo melancolía de saber que tal vez jamás volverás. Los rostros te los grabas para siempre y aunque muchas veces olvidaras los nombres, las vivencias jamás, jamás las podrás olvidar.
La siguiente mañana decidí tomar un tour recorriendo a caballo algunas zonas del circuito turístico y cuatro centros arqueológicos en los alrededores del Cuzco. Un taxi me recogió a eso de las 10.00 de la mañana para llevarme a un sitio arqueológico ubicado al norte de la ciudad. Al llegar no había nadie. Le pagué al taxista y rápidamente aparece mi caballo. Un joven chaparrito, rostisado por el sol, de ojos negros y pómulos pronunciados me dijo:
_Tu grupo va cabalgando delante, así que no pierdas mas el tiempo y alcánzalos que estas tarde.
Yo me quede confundida porque no sabia a donde ir ni sabia a que dirección sé dirigía el caballo que corría a toda velocidad. Busque con la vista algún grupo y alcancé ver uno varios kilómetros mas delante. El caballo cabalgaba a toda velocidad y yo asustada agarraba las sogas de la montura en el lomo para evitar una caída. El grupo continuaba avanzando mientras yo estaba casi en el piso y peor aun perdida. Finalmente logre controlar el caballo que ahora cabalgaba con menos prisa y lo pude detener. Me baje del caballo y camine a uno de los centros arqueológicos a ver si allí se encontraba el supuesto guía. La muchedumbre me confundía y los guías que había ya tenían sus respectivos grupos. Entonces monte el caballo nuevamente y me dirigí a una loma para ver a donde podía llegar. Allí encontré más chaparros tocando quenas y hablando entre ellos él Quechua. Yo me dirigí escupiendo un buen español del caribe que rápidamente entendieron como buenos peruanos que eran. Les explique cual era mi problema y que no tenia a donde ir porque el taxista que me había ido a buscar lo había hecho tarde y al llegar el grupo ya no estaba. Les explique que necesitaba que uno de ellos me diera direcciones para ver como podía llegar al otro centro. Entre los silbidos de la quena que unos tocaban sentados en una piedra, alguien se dirigió a mí diciéndome que esperaba a dos chicas para llevarlas al próximo centro. Que si yo quería podía seguirlos pero que el no se haría cargo del caballo porque no era de él. Yo le conteste que yo tampoco no podía hacerme cargo del caballo porque no me cabría en la maleta, que si quería lo podíamos vender y entre una sonrisa empujada de parte de él y una mirada de coraje de parte mía espere.
Las chicas llegaron y me saludaron. Resultaron ser dos limeñas que visitaban el Cuzco por vez primera y que también estaban recorriendo el mismo circuito que yo a caballo, ellas acompañadas y yo sola a mi derribo. Les explique mi situación y me invitaron a seguir junto a ellas. Cada una sobre su caballo, recorríamos bellos paisajes que se expandían a lo largo. Sandra, la más seria de las dos, me contó que se graduaba y que viviría unos meses en Holanda con una beca para estudiar, mientras María del Pilar me contaba que se graduaba de la carrera de leyes para continuar estudios en otra universidad. Ambas eran solteras y buscaban el amor como muchas lo hacemos día a día. Me contaron de su experiencia el primer día en Cuzco, de las discotecas y bares y de unos chicos que habían conocido provenientes de Finlandia la noche anterior. Yo les conté de mi viaje, de lo que había hecho en los días anteriores, de lo que me disponía hacer en los posteriores y de lo que haría esa noche. Les conté de mi carrera universitaria, de mi país, de mis amigos y familia y un poco sobre los matices de mi vida.
_Y viajas sola Jocy?
_Si, la verdad es que se me dio esta oportunidad de viajar sola y resulta que la he pasado muy bien. He conocido muchas personas que recorren los países solos y creo que eso me gusta mucho. Además nunca me he encontrado sola porque siempre aparece alguien con quien estar. El único momento en que he estado sola ha sido a la hora de dormir ó de ir al baño.
_Si es cierto, tienes razón. Uno nunca esta solo porque además de que estas con el creador, siempre conoces personas a fin contigo dispuestos a compartir momentos junto a ti.
Cuando se viaja en solitario se ponen a prueba todas las fuerzas internas dentro de ti y retas todos los miedos. Cuando reconoces los miedos y los superas te das cuenta de lo nuevo que eres y de lo fuerte que puedes llegar a ser. Cuando viajas en solitario siempre es preciso llevar el saco y los tenis para emprender siempre el camino echando a un lado la nostalgia. Es no esperar nada porque no has buscado nada, todo lo dispone el universo en su momento, justo cuando tus ojos estén listos para ver y tus oídos listos para oír. Es lo que se conoce como el Maktub... simplemente hecho por que sí. Cuando viajo sueño porque se que estoy viajando y cada vez que en mi sueño despierto se que crezco. Uno nunca cree poder vivir con esa pasión pero al descubrirlo se da cuenta de que el vivir de esta forma es dejar nutrir tu vida con cada lugar, alma y palabra que se presente ante ti con cada pisada.
Continuamos recorriendo la imponente fortaleza de Sacsayhuaman. Se trata de una espectacular fortaleza construida con enormes rocas talladas, unidas con absoluta precisión. Junto con Machu Picchu y Choquequirao es, sin duda, una de las mayores obras arquitectónicas con función de proteger el pueblo Inca ya que sus grandes muros hechos en piedras fácilmente podían alcanzar los 9 metros de alturas y pesar mas de 320 toneladas. Su nombre quechua significa "halcón satisfecho". Por tanto, era el halcón que custodiaba la capital del imperio, pues desde la colina en que se erigió domina toda la ciudad. Su construcción tardó más de siete decenios y requirió la fuerza de unos 20,000 hombres, según datos históricos, tanto en el trabajo de los cimientos como en las canteras, el transporte de materiales, el labrado y la colocación de las piedras. Las canteras pudieron estar situadas en Muina, Huacoto y Rumicolca, a 20 kilómetros del Cuzco, y en lugares más cercanos como Sallu, Rumi, Chita, Curovilca y Viracocha. Hoy día historiadores de la civilización Incaica refutan la hipótesis de que fuera una fortaleza ya que se basan en el detalle de que al momento de su construcción los Incas no enfrentaron mayores amenazas. Sus inmensos muros pétreos maravillaron a los conquistadores españoles recién llegados y la denominaron "fortaleza", de acuerdo a su concepción de las ciudades y de las construcciones militares de la época. Para él particular modo de ver el mundo de los Incas, era mucho más. Los baluartes, torreones, casas, adoratorios, depósitos, caminos y acueductos, que integraban esta formidable construcción Inca nos lo demuestran. Su forma y ubicación habría obedecido más bien a otros principios, como el de la armonía entre la arquitectura y el paisaje.
Las investigaciones actuales sugieren que se habría tratado de un templo dedicado al culto del Sol, para el cual no solamente la construcción era importante, sino también el entorno que la rodeaba. El complejo arquitectónico ocupa el borde de la ladera norte de la ciudad. El lado sur de la construcción fue cercado por un muro pulido de casi 400 metros de largo. Los límites del templo, por el este y el oeste, estaban marcados por otros muros y andenes. El frente principal de la construcción mira al norte y está protegido por un formidable sistema de tres andenes. Estos son soportados por muros zigzagueantes, constituidos por piedras de gran tamaño, que asombraron a sus primeros visitantes y que sigue asombrando aún ahora. El muro principal está formado por piedras que llegan a medir hasta 5 metros de alto y 2.5 metros de ancho, y que pueden pesar entre 90 y 125 toneladas métricas. Mover estas piedras fue una verdadera proeza, pero también lo fue el perfecto encaje entre ellas, así como el cuidado puesto en la curvatura de los almohadillados. Allí en medio de ese gran mundo olvidado por la supuesta civilización tecnológica actual, Sandra, Maripa y yo nos sumergíamos plenamente entre aquellas grandes piedras eternamente suspendidas, silenciosas, observadoras. Andábamos con cámara en mano buscando el ángulo perfecto para grabar en nuestra memoria el momento, ese que solo se daba allí y en ese instante mirando el cielo.
Continuamos el recorrido a caballo bajando por unos senderos empinados observando palos de eucaliptos que fueron importados de Australia, cactus, el césped conocido como el kikuyo traído de Kenya y otros árboles nativos tales como el chachacomo (resinosa de Escallonia), molle o pimienta falsa (el molle de Schinus), árbol del aliso o lambran (jorulensis de Alnus), cedro (herrerae de Cedrela), el sauce llorón (humboldtiana de Salix), waranway (sambucifolia de Tecoma) entre otros. Observábamos con interés todos aquellos árboles que nos rodeaban y olíamos diferentes fragancias provenientes de las hojas cortadas que nos daba el chaparrito cusqueño que nos acompañaba a las tres. Los caballos parecían agotados al bajar las empinadas rutas en piedra pero aun así continuaban fatigosos paso a paso sin ni siquiera detenerse a masticar algún pasto cercano. Más tarde nos detuvimos en un colmado, dejando los caballos amarrados de un árbol, para comprar algunas botellas con agua y frutas. Yo aproveche la parada para usar los sanitarios y vaya sorpresa que me llevé. No habían baños ni nada parecido, solo una pequeña puerta en metal tapaba lo que parecía ser una letrina mal oliente. Hice lo que pude y salí corriendo antes de que algún insecto o animal me fuera a picar el trasero.
Observe en los alrededores del colmado algo para comprar y justo en una esquina encontré lo que ahora en la actualidad todavía guardo en una gaveta de mi cuarto como recuerdo inconfundible de la civilización Inca. Un cesto como de siete pies en una esquina ofrecía hoja de coca por algunos nuevos soles. Yo abrí mi cartera busque esos soles que pedían por una bolsa y la compre. Hoy guardo en la gaveta solo la sobrevivientes después de tantos días. A veces las saco y las huelo, pero su olor ya no es el mismo. Antes su olor era fuerte ahora solo huelen a viejo, a olvido. Eché la bolsa en mi saco de espalda y con algunas hojas en la boca iba yo con mis amigos masticando a caballo aquellas suculentas hojas sagradas. Cuando finalmente llegamos al final del recorrido dejamos los caballos con el chico y este dispuso de ellos incluyendo a mi caballo sin dueño. Nos despedimos del joven dándole las gracias por el viaje y tomamos un taxi a la ciudad. Al llegar, Cuzco seguía frío, pero aquella magia nos hacia olvidar el frío y andábamos llenas de energía obtenida por todos aquellos mundos custodiados de espíritus guerreros. Entramos a un Internet café para comer algo mientras contestábamos algunos mensajes por la red. Nos sentamos en una mesa pequeña de colores vivos en el medio del comedor y pedimos un Pisco mientras elegíamos la comida. El ambiente era muy agradable. La música era electrónica y la combinación de las computadoras, la música y el decorado contemporáneo atraía a jóvenes de diferentes partes del mundo. Allí conocimos a una pareja que venían recorriendo kilómetros de distancia uniendo sus vidas en Santiago de Chile. La chica proveniente de Irlanda había estado en Santiago varios meses después de decidir experimentar algo nuevo en su vida y dejar atrás su país de origen. Una vez en aquella bella ciudad se enamoro de un chileno y juntos recorrieron desiertos áridos atravesando el norte en Atacama hasta llegar al Cuzco. Se dedicaba a dar clases de ingles a niños en la escuela mientras que él era músico de una banda de rock, allí terminaba aquel romance cuando ella regresaba en solo una semana a Irlanda.
A veces la vida te trae a toda velocidad aventuras que no puedes dejar escapar. Es preciso actuar audaz y no echar a un lado las creencias, pero algunas experiencias solo se presentan como un gran premio una vez nada más y ese momento jamás volverá. En el amor todo se vale y aunque esa vivencia no sea un verdadero amor de seguro forma parte de lo que completa el gran diario de tu historia. Aceptarlo queda de nuestra parte y solo con eso estas formando tu existencia. Los amores a veces son fugaces, pasionales ó eternos pero no importa el lapso de tiempo entre uno y otro, lo que importa es el valor que representa cada cual y la importancia que se le ponga. Es dejar una huella sin sombra marcada en la arena del corazón. Maripa y Sandra ordenaron papas a la huancaina (papa sancochada acompañada de salsa andina, en base a queso, galletas, leche y ají amarillo) como entrada y como plato principal ordenaron
Filete de lomo en salsa andina (queso, galletas, leche, ají amarillo, acompañado de coliflor gratinado zanahoria y brócoli). Yo ordene un plato llamado soltero de habas como plato de entrada que resulto ser una rica ensalada hecha de habas, zanahoria, cebolla, papa sancochada, queso, tomate y aliño y como plato principal una trucha a la chorrillana (filetes de trucha bañada en salsa de tomates y cebollas al vino blanco acompañado con papa natural y arroz blanco). La comida resultó excelente alternativa para el precio que pagábamos aproximado a 8.00 dólares americanos. Básicamente las comidas y casi todo en Perú era relativamente económico. Por 12.00 soles obtenías un menú completo encabezado por una entrada, sopa ó crema, plato principal, postre ó frutas y un refresco ó té. Excelente variedad de alternativas a buen precio y sabor eso era Cuzco. Finalmente al llegar la tarde y sol esconderse bajaba la temperatura y era preciso esconderse ó abrigarse. Me despedí de las chicas para ir al hostal y darme un duchazo caliente y bajar mas tarde a encontrarnos para ir a algún bar. Al llegar encontré a Eliza en la sala organizando algunos papeles de registro de huéspedes y la salude. Le pregunte si ya había empezado a leer el libro y me dijo que si.
_He empezado a leer ese libro y es muy bella su historia. Me resulta curioso pensar en la posibilidad de haber existido en otra vida. Pienso que aquí en Cuzco nuestros ancestros continúan reencarnando años tras años en los sacerdotes y curanderos que habitan en las montañas. Esos hombres saben tanto, son sabios del pasado y hoy día nos ayudan acá en la ciudad. Hacen ceremonias espirituales y usan la hoja sagrada de la coca para remedios naturales. A veces se van en trance y es preciso ver como corre la energía a través del lugar de ceremonia poseyendo sus espíritus y cuerpos. Creo que los grandes guerreros de nuestra historia Incaica aun viven y tu lo veras cuando hagas el camino Inca a la montaña sagrada.
En la plaza la gente caminaba observando la vista que Cuzco ofrecía. Muchos de ellos turistas, buscaban algún buen ángulo para fotografiar y llevar a casa. Desde el lado norte de la plaza, la vista de la catedral era impresionante. Las luces que la alumbraban le daban este toque sublime a la arquitectura de sus cúpulas. Lucia imponente ante los otros edificios que a su lado se achicaban. A lo lejos sé distorsionaban las luces de las casas trepadas en la montaña confundiéndose con la luz de una luna llena. Mientras esperaba por Maripa y Sandra para ir a algún bar, observe que unos ojos verdes detenidamente me miraban. Supe que aquellos ojos no eran nativos ni de Inca sino eran unos bellos ojos verdes de anglosajón que poco a poco se acercaban. Noah se acerco y sentándose en el banco junto a mí se presento con una sonrisa explayada en sus labios. Los minutos avanzaban y ni Maripa ni Sandra llegaban, pero no importaba porque yo estaba casi inopinada ante su simple belleza de porcelana. Las horas se esfumaron entre historias y risas que el tiempo congelo cuando de repente la atracción nos jugo reconociendo que la energía entre el cóncavo y convexo era incontrolable y allí debajo de aquella luna llena, rodeados de mil estrellas y miles de almas esparcidas entre visibles e invisibles, él me besó. El deseo comenzó a correr por la sangre como miles de hormigas revueltas pero alguien fue más audaz y paro. Me despedí con él último besos, el que se olvidaría en Cuzco y partí. Al día siguiente el sol suave se colaba por las persianas haciendo evidente la llegada del alba. Eran las cinco y media de la madrugada cuando tocaron en mi puerta para que yo despertara. Justo en ese instante realice que ese día seria la razón de tan largo viaje a semejantes confin.
En el tope de una montaña, como perdida entre el pasado y el presente, una civilización es testimonio de grandeza levantando en el aire miles de bloques y piedras para así construir uno de los tesoros más grandes de la historia. Esa mañana hice mi cama, tome un baño caliente y desayune tostadas con té. Sabia que algo grande me esperaba, así que tome mis cosas y cerrando la puerta al pasado que atrás sé perdía salí como un día el antropólogo Hiram Bingham lo hizo, para conquistar aquella montaña. Tome un taxi y me dirigí a la estación del tren donde espere algunas horas a que llegara. Finalmente llegó y me acomode en mi asiento. El tren recorría la subida lentamente llegando al extremo para lentamente volver su curso hacia atrás. Así pasaron no sé ni cuantas horas con el va y ven del tren que no avanzaba por aquellas rieles mohosas. Por las ventanas se retrataba el paisaje espectacular de enormes pinos verdes esparcidos al azar. Las casas eran simples refugios de amor familiar donde el respeto era un valor aprendido desde la cuna y aplicado por cada familia. Lucían de una madera parecida al Arrayán, color roja combinando los aires del bosque.
Otros árboles nativos crecían enterrando sus raíces fuertemente en la tierra mientras algunas aves hacían piruetas en el aire. La familia trabajaba la tierra y cosechaba su huerto para así poder comer él pan del día. La madera humeaba evidenciando su quebranto y a lo largo del camino un estrecho río refrescaba a los animales, humanos y a la tierra, dándole vida al lugar. Mientras el paisaje se extendía por horas a través de la ventana yo trataba de descansar algunas horas ya que la noche anterior me había acostado un poco tarde y al levantarme tan temprano era evidente que el sueño comenzaba a atacar. Las horas parecían hacerle burlas a la impaciencia que ya torturaba mi tranquilidad. Frente a mí viajaban una pareja de sabe dios que lugar, que entre algunas señas escasas y sonrisas empujadas se trataban de comunicar con los allí presentes, ninguno de la misma lengua madre. Una combinación de nacionalidades, colores e idiomas que ni con diccionario se dominaba. Escuchando a cada extremó del tren un raro idioma nunca antes oído, trate de concentrarme en la lectura de un libro que llevaba en mi bulto para así ver pasar las horas con más velocidad. Pero era inútil concentrarse con tantas lenguas diferentes a la misma vez así que opte por cerrar el libro y escuchar algunas a ver si algo entendía de aquel mar de naciones unidas. Ya eran las 9:30 a.m. y me comenzaba a atacar un hambre que apretaba él estomago. Me preguntaba dónde comería ya que no veía la oportunidad de bajar del tren y comer. Visualice un snack bar al fondo de mi vagón, pero no me convenció la calidad de los alimento, así que decidí esperar. Con una mezcla de hambre e incomodidad me quede dormida por varias horas hasta que un estruendo hecho por el freno del tren contra el riel me despertó. Por un instante estuve como ausente soñando con un cálido baño en un mar turquesa bajo el sol. El frío me despertó a la realidad de que era Sur América, un invierno crudo durante julio y agosto. Comenzamos a salir poco a poco, perdidos entre algún kilómetro que ya no tenia mas rieles y ahora nos tocaba andar. En medio de árboles inalcanzables con la vista y un verde oscuro nos reunimos entre quince ó veinte personas y tomando unas bolsas de comida que nos incluía el recorrido comenzamos a subir. Creo haber caminado algunos kilómetros y ya me comenzaban a doler los pies sin sospechar lo que venia mas adelante. Llegamos a un cuartel para ponchar nuestros pasaportes y mostrar el ticket de acceso de entrada. Una vez ponchados los ticket quedábamos libres para andar y andar buscando el objetivo añorado, la gran montaña.
Comenzamos de lleno con gran energía y deseo observando las vistas a nuestro alrededor. Cada cosa era de una simple belleza única. Los árboles se levantaban con libertad obscureciendo el ambiente. En ocasiones los árboles tapaban el camino y teníamos que recurrir a rutas alternas para continuar. En un abrir y cerrar de ojos ya habíamos caminado ocho kilómetros llegando a Wiñaywayna, solo un rincón del famoso camino inca que se convierte en una torre de babel andina de unos 2,700 metros de altura que se aferra a la falda de una montaña que desciende hasta el cañón del río Urubamba. Descubierta en 1941 la ruina proviene del lenguaje quechua. Su nombre se relaciona con el origen de una orquídea llamada epidendrum cassilabium, bastante común en aquel paraje de ensueño. No era nada fácil el recorrido, con cada paso que dábamos poníamos a prueba nuestra resistencia. El camino resultaba fuerte, toda una peregrinación hacia uno mismo ya que la selva muchas veces se reveló ante nosotros con rudeza para que perdiéramos él animo de continuar. Nunca seria fácil para mí llegar a la cima pero camine con decisión de lograrlo. Las gotas de sudor bajaban por la frente dibujando líneas húmedas en la cara. El frío se alejaba y la temperatura comenzaba a calentar poniendo nuestros cuerpos templados. Los termos con agua no eran suficiente para hidratar aquella sed exploradora por eso nos deteníamos a cada cierto tiempo a respirar aire puro. Algunos forasteros del camino llevaban bastones de madera para hacer mas fácil él ascenso ya que a veces las subidas eran tan empinadas que era imposible treparlas sin esa ayuda. Continuando el camino, después de algunos minutos de descanso, nos encontramos de frente con las más bellas orquídeas jamás vistas anunciado una imponente caída de agua en medio de la densa selva. Sus colores, esparcidos por todo el área, embellecían cada contorno, cada ángulo. No había una más bella que otra porque cada una era simplemente única. Crecían silvestres acompañando el rocío de la cascada que nos mojaba. Tres minutos nos detuvimos frente a aquel cristal natural llenando de vida nuestras almas, captando su fuerza en una foto y oyendo la melodía constante de su canto.
El sol brillaba como una luz eterna reflejando unos ojos iluminados que nos guiaba desde el firmamento haciendo mover cada una de las hojas de los árboles. Una fuerza capaz de sostener los mares en su cause y las montañas eternamente quietas. En él más callado silencio solo oíamos su voz desde el cielo que nos susurraba al oído toma mis manos, yo te guío. La voz sé confundía con el rugir del viento y el silbido de los pájaros volando. Era Dios que desde lejos nos acompañaba a cada uno por aquellos senderos inmersos en aquella paz celestial. Allí caminando en mi mundo, sola, reconocí que Dios nunca me abandonaba y justo a él de daba las gracias de permitirme llegar a mis confines, los confines del planeta entero. Contemplaba su simpleza y lo majestuoso que podía ser con tan solo un simple detalle. Aquel mundo le pertenecía y me lo brindaba en bandeja de oro para mi crecimiento espiritual. Era aquel el camino Inca hacia Machupichu, la gran ciudad perdida, escondida en la cima de la montaña por toda una eternidad.
En horas de la tarde llegamos a una cabaña de madera para pasar la noche y continuar en la mañana. La cabaña era amplia y cómoda, en la parte posterior tenia una terraza donde se podía disfrutar de un bello atardecer. En los alrededores sé podían levantar tiendas de campaña para dormir o sleeping bags. También había unos bungalows donde se podían colgar hamacas o abrir literas. Continuamente se quemaba una fogata encendida en medio del bungalow para ahuyentar el frío y los mosquitos además de reunir algunas guitarras que llenaban de bellas notas las noches. Esa noche éramos 23 personas de todas partes del mundo uniendo nuestra experiencia en el libro del universo. A las 4:14 p.m. junto a una vieja chimenea nos reunimos para cenar. Era una larga mesa sosteniendo canastas de pan, sobres de té, envases con agua hirviendo, galletas, jalea, sueños y hormiguitas curiosas entre los cubiertos. Tomamos té entre cuentos y vivencias. Unos eran de Noruega, otros eran de Malasya. Yo del caribe junto con unos hermanos de Brasil. Tres personas llegaban de Luxemburgo y dos más de Italia. Desde España nos acompañaban una pareja y desde más al sur sonreían tres muchachas de tez oscura y rasgos árabes provenientes de Argelia. Durante aquellas horas sin prisa conversamos sobre diferentes temas observando a través las ventanas la caída del sol por la montaña. Al anochecer cada uno se entregó a su espacio en la litera asignada por algunas horas para descansar antes de que nuevamente se asomara el radiante sol por las ventanas y nos hiciera despertar. Aquel grupo compartió desde, como antes mencionara, sueños, hasta los mas vulgares ruidos dentro de una misma habitación. Ronquidos y bostezos eran deliberados continuamente por algún compañero que dormía muy acurrucado entre la almohada y la sabana. Cada uno en su mundo, descansábamos después de un largo y trabajoso día de caminata. Cuando los sueños mejores se nos daban tuvimos que despertarnos para emprender camino al final. Eran las 4:30 aproximadamente y con una cambiada de ropa automática, sin ver agua esa mañana, salimos de las literas para agarrar una que otra tostada con té y jalea, más de lo mismo, y salir deprisa antes que nos cayera la lluvia encima. El camino era negro como la boca del lobo. En los alrededores no se podía ver nada, ni siquiera entraba la luz de las últimas estrellas que terminaban su jornada. El lugar era oscuridad total, no había tecnología allí dentro. Estábamos en pura selva, pura vida sagrada, puro aire fresco. A esa hora de la madrugada comenzaban a bajar tenues gotas de agua rociando nuestras capas y ponchos de plástico.
Caminábamos uno frente al otro con linternas en las manos alumbrando el rocoso camino. Era preciso oír los corazones agitados por el trabajo realizado al emprender camino cuesta arriba, como en aquel momento lo hacíamos. Juro haber sentido taquicardia y fatiga cada vez que me encontraba de frente a una nueva escalera en piedra improvisada cuyos escalones casi había que subirlos gateando de lo grande que eran. No era nada fácil el camino. Completamente rodeados por selva oscura en un caminito de unos 4 pies de ancho y una pendiente a lo largo de fácilmente 80 pies de altura, bastante retador a decir verdad. Mis piernas ya no daban abasto, temblaban descontroladamente solicitando una parada. Mis músculos se hacían añicos y mis nervios me traicionaban. Estaba muy cansada de caminar y caminar, subir piedras, esquivar árboles y no ver el final. La lluvia continuaba pero ahora con más constancia sobre nosotros mojando nuestras caras, sacos, ropas, mojándolo todo. Aquella agua mojaba la tierra, los árboles con sus hojas, mojaba las flores, los pájaros e insectos, despertando el entorno. Creo que estábamos más cerca ya que el conteo comenzaba a cobrar minutos al revés y como un oleaje misterioso, una energía nos invadía. En medio de aquella energía electrizante creo haber visto hasta sombras ambiguas escurrirse entre los árboles y hasta voces del más allá soplar dialectos con el viento. Recordé lo que Elisa me decía sobre los sacerdotes de las montañas, aquellos que trabajan con la energía de los espíritus y que hasta alcanzas niveles de conciencia superiores a nosotros. Entonces justo allí comprendí que verdaderamente estaba en morada de dioses cuando en su vientre, allá como congelada entre el pasado y el eterno presente, expuesta a través de miles de años pero así mismo escondida, la gran ciudad Inca me daba la bienvenida. Machupichu era miles de piedras perfectamente organizadas con conjuntos arquitectónicos de gran precisión. Una tecnología de una super mente incapaz de imitar hoy en cualquier gran ciudad. Trepada desde una piedra, solo un suspiro de satisfacción y logro se coló por la rendija de mi alma. Allí desde aquel lugar mis ojos guardaron para siempre aquel instante mágico, ese que sucede una vez nada más.
“Rodeada de profundos acantilados y alejada de la vista de extraños por una enmarañada selva, la ciudadela de Machupichu es y será siempre un legado de una sociedad sagrada para toda una humanidad. “
Mis últimos días llegaban muy rápido, de regreso en Lima solo faltaban tres noches más en tierras incaicas. Regrese de Cuzco el día cinco de agosto y ya el seis partía nuevamente a la zona sur del país. Esta vez iría en busca de unas grandes líneas dibujadas sobre la pampa árida y seca de la ciudad de Nazca, ubicada a 250 kilómetro al sur de Lima. Esa mañana desperté con el alba y con un poco deprisa ya que en pocos minutos tenia que partir a la estación de buses. Claudia, una chica de Alemania, iría conmigo a recorrer este extraordinario circuito enigmático y misterioso. La chica, una joven de unos veintitrés años aproximadamente, llevaba viajando Sur América durante tres meses y medio incluyendo Bolivia, Venezuela, Ecuador y Brasil como parte de su repertorio cultural. Nos habíamos conocido hablando durante el desayuno del día anterior y juntas habíamos visitado los museos y teatros de la ciudad. Compramos juntas los boletos con destino a Nazca y en la madrugada siguiente ya nos encaminábamos ruta recta, destino: El sur. Buscamos nuestro andén y luego de colocar nuestras pertenencias en el compartimiento reservado para los equipajes, en la parte de debajo del autobús, subimos y nos sentamos a esperar a que todo el resto de los pasajeros subieran para poder arrancar. El recorrido desde Lima se tardaba unas siete horas entre vistas arenosas continuamente extendidas a los lados de la avenida. Una que otra rama verde se colaba entre todo aquel color crema que no se acababa. Igual como había observado en el recorrido a las ciudades Afro peruanas semanas antes, nuevamente un mar rompía aquella costa desértica desde lo lejos. Mientras tanto, Claudia y yo conversábamos sobre diferentes temas y nos contábamos historias interesantes sobre nuestras culturas y vidas. Resultaba ser una chica muy simpática, de muy poco orgullo y completamente divertida. Nos reíamos a carcajadas cada vez que un nuevo chiste o cuento aparecía a nuestro encuentro.
Entre tanto compartíamos galletitas, bizcochos, chinas y una que otra palabra confusa que por nuestra deferencia de lenguas, nunca entendíamos. Ella con su lengua enredada la cual no se le entendía nada cuando lo hablaba, sonreía sabiendo que todos aquellos peruanos sentados en la guagua, la miraban como queriendo decir: ¿De donde ha salido este renacuajo extraño?
Era una delgada chiquilla de tez muy blanca y ojos color café. Su pelo un poco alborotado, no llegaba al tope de sus orejas las cuales eran grandes y ovaladas hacia atrás. Claudia era la típica chica alemana completamente blanca con escasez de color en la piel y de un raro acento. Entre algunas horas de descanso y una que otra canción escuchada por el CD player, hablábamos de la generación Nazi y de la situación que sé veía para aquel entonces, los años 1939, 1940,1941, hasta casi finales del 1945. Era casi posible visualizar la historia triste de los judíos en boca de una alemana. Escuchar a una alemana sentenciar su cultura era como oír a cualquier dictador asumir su culpa. Recuerdo claramente sus palabras y aun hoy se las aplaudo: No existen palabras para describir un estado de conciencia anticristiano capaz de exterminar en maza a millones de personas por simplemente ser de distintas razas. Ni tan siquiera se justifica de ninguna forma la razón que se constató para realizar semejante genocidio que menguara en la mente de tanta gente cerrada. ! ¡No se tolera, se evitara! Increíbles palabras salían como trueno de su boca haciendo temblar a toda aquella nación alejada de ella, mas allá de los mares del Atlántico, de la Plaza Mayor, de los grandes museos y de la Torre Eifeel, aquella nación era Alemania. Justo en ese instante a mi mente llegó una imagen: Un niño mugriento, apenas vestido, en un guetto. Que culpa tenia aquel niño como para vivir aquel momento sin esperanza, solo esperando justo su fecha marcada, su muerte. ¿Acaso era parte de su destino de vida?
¿Porque él y no yo? Abrí mis ojos y le desee la paz donde quiera que este se encontrara y con mis ojos bien abiertos comprendí que no era culpa mía, pero que con solo la fuerza del pensamiento hablado yo al menos mantendría viva esa parte de la historia para que nunca más se repitiera.
Habían pasado casi todas las horas para llegar cuando de repente una goma del autobús explota. La gente se impaciento al ver que teníamos que detenernos por varios minutos en lo que se arreglaba la situación de la goma explotada. Esperando por una respuesta que tenía de retraso ya casi media hora, ubicamos el paso de varios camiones y buses por la avenida sin ninguno parar. Fue inmediatamente después del tercer autobús pasar que decidimos bajar del autobús dañado y caminar por la carretera a ver si algún camión llegaba a nuestro encuentro. La decisión era difícil: O se esperaba cuatro horas más en lo que llegaba una respuesta o nos aventurábamos cuatro chicas en otra guagua hasta Nazca, dejando todo incluyendo el revolú de la guagua atrás. Claudia, dos alemanas de Berlín y yo subimos a otro bus que se detuvo ofreciéndonos traslado. Nos miramos unas a otras como solicitando el apoyo de nuestra propia aprobación y sin perder otro minuto más arrancamos agarradas de los tubos del bus ya que todo estaba lleno. Los primeros minutos nos mantuvimos paradas pero en los próximos nos ubicaron en el piso justo en el medio del pasillo del bus, todas apretadas hasta finalmente llegar. A las una de la tarde el autobús hace su llegada en la terminal de aquel pueblo solitario y seco. Esperamos a que la gente comenzara a bajar, para nosotras poder bajar, recoger los bultos y encontrar algún lugar donde yo pudiera pernoctar esa noche, mientras Claudia saldría a Arequipa. En un Lonely Planet de Perú estudiábamos los posibles lugares donde quedarme, ubicando una de las direcciones varias casas y negocios más abajo. El hostal Lima era una casa ubicada justo enfrente de la estación de buses Ormeño, muy accesible a casi todas las agencias turísticas y de viajes. Claudia me acompaño a la recepción del hostal para preguntar sí tenían algún cuarto sencillo para mi disponible por esa noche. El agente que se encontraba me respondió:
_Sí, tengo varios cuartos disponibles. El precio es de 12.00 dólares la noche, ¿lo quieres?
_Sí. _Le respondí.
El chico me mostró mí cuarto dándome las instrucciones del check out en la puerta. La decoración del cuarto era sencilla. Una cama king zise lucia una corcha de satín color vino acompañada a cada lado de dos lámparas blancas sobre unas mesas y un cuadro de una de las líneas colocado sobre la cama. Frente a la cama se encontraba el baño y un pequeño espejo donde me podía mirar las líneas de mi cara y el polvo que marcaba el paso a través de tanto pueblos. Allí pasaría la noche acompañada de estrellas, misterios y líneas para a la mañana siguiente regresar a Lima por una noche más despidiéndome de aquel mundo único. Claudia me esperaba en la terraza del hostal, guarde su equipaje en mi cuarto y salimos a explorar todas y cada unas de las líneas que a nuestro alcance se detuvieran. Caminamos algunas calles hasta localizar un restaurante de comida local donde entramos a comer antes de ser testigos de la grandeza de aquella ciudad. El comedor era en un patio decorado con flores, plantas y reliquias aparentemente encontradas hechas por los indígenas del pasado. En anaqueles se podían ver jarros, platos y mascaras pintadas a mano con delicados dibujos significantes a la época y representativos de sus dioses y creencias. Observando los alrededores del patio localice como una especie de horno antiguo igual como el que había visto en Pisaq. Imagine como habría sido en el pasado y como los Nazcas o cualquiera que hubiesen existido antes, realizaban sus tareas cotidianas. Me transporte a aquella época y sentí la tranquilidad de ser un pueblo con paz rodeado de tanta maravilla. Imaginaba como yo hubiera sido, sí hubiera sido de Nazca. Como hubiese vivido, como hubiese aprendido a elaborar textiles, como hubiera hablado el quechua o algún otro dialecto proveniente del efecto de los sonidos de la naturaleza. Imaginaba que sería de tez color azúcar quemada y mejillas tostadas, con un pelo color negro azabache y lacio como la caída de una cascada. Seria chaparrita igual que ellos, de pies firmes y huesos anchos. Mi nariz hubiese sido aplastada y mis ojos achinados. Caminaría con prisa concentrada en mi labor del día, preparar algún pan o pintar algún jarrón. Hubiese vivido en alguna aldea alejada, rodeada de algún bello rió como lo es el Urubamba que baña las vistas naturales a kilómetros de distancia. Poco a poco fui volviendo a mi asiento y despertando de aquella ilusión hasta darme cuenta que estaba frente a Claudia y la mesera esperando a que yo le diera mi orden.
Mire el menú rápidamente y ordene un rico plato de camarones en salsa y pasta blanca. Claudia creo haber ordenado algún plato de ensalada con pescado y para tomar, ambas ordenamos jugos de naranja. Al terminar la comida nos dirigimos a pagar compartiendo los gastos y salimos a la calle a caminar buscando alguna agencia donde pudiéramos comprar boletos para sobre volar las líneas de la pampa. Recorrimos varios establecimientos pero al entrar nos decían que ese día no estaban sobre volando ya que había mucha bruma en el aire. Así continuamos intentándolo en algunos otros sitios hasta comprender que nuestro esfuerzo de conseguir sobre volarlas estaba perdido. Fue entonces cuando optamos por tomar un taxi y dirigirnos al mirador que permitía ver al menos dos de las líneas dibujadas justo cuando el tiempo, como aquel día, no permitía sobre volarlas. El taxi nos llevo por una larga y estrecha carretera que se perdía en el horizonte a través de unas grandes dunas de arena y piedra. A cada lado de la carretera el paisaje era completamente árido y seco con un aspecto fantasmagórico que muchas veces te llevaba a pensar que estabas en otro lugar y no allí. El taxi tardo en llegar unos veinte minutos dejándonos frente al famoso mirador. Le pagamos unos pocos soles, algo así como quince y partió dejando una nube de polvo en el aire al arrancar el auto. Por los alrededores caminaban unas pocas personas, algunas acompañadas otras solas, pero todas contemplando lo que se veía a más de veinte pies de altura. Abajo, algunos hombres locales ofrecían recordatorios alusivos a las líneas y dibujos los cuales se vendían por cuatro o cinco nuevos soles. Finalmente llegaba nuestro turno de subir a ver el legado andino de los Nazcas marcado en aquellas tierras a través de miles de años. Subimos quizás unos cuarenta escalones en hierro y al poner nuestros pasos en el último escalón, con un paso firme volamos sobre ellas como aves libres por aquel espacio detenido en el tiempo. Aquello era de dimensiones no literalmente. Las líneas y dibujos de la pampa en definitiva además de ser enormes, eran otra cosa. Posiblemente dimensiones distantes fuera de nuestro lógico alcance. Solo estudiosos e iniciados llegaban a comprender el significado y el valor histórico e humano que guardaban. Los dibujos alcanzaban hasta 300 metros de largo en un total de 500 kilómetros cuadrados de tierra. A los lados del mirador se encontraban dos grandes dibujos marcados en la tierra. Al lado derecho un árbol y al lado izquierdo dos manos las cuales se caracterizaban por solo tener dos dedos. Dato curioso al luego enterarme que la erudita que estudio por años la pampa, la doctora alemana Maria Reiche tenia solo cuatro dedos en una de sus dos manos como si hubiese estado destinada a estar allí sobre esas tierras y justo allí morir como ocurrió. Otros de los diseños de los animales que se perciben en la pampa figuran una ballena, un perro con patas y cola largas, dos llamas, diversas aves como la garza, la grulla, el pelícano, la gaviota, el famoso colibrí y el loro. En la categoría de reptiles, un lagarto, que fue cortado al construirse la Panamericana Sur, una iguana y una serpiente. Por otro lado se encuentran las imponentes figuras del mono, la araña y el caracol, entre otros. Uno de los dibujos representa a un gran pájaro. Esta figura, elaborada al lado de un trapezoide, muestra un gran pájaro con cuello de culebra cuyo pico señala al sol naciente. Esta gigantesca ave es la que tiene una longitud total de 300 metros y una anchura de 54 metros considerada por los científicos estudiosos de las pampas como el "Anunciador del Inti Raymi" (fiesta incaica de adoración al sol), pues si en las mañanas del 20 al 23 de junio nos situáramos en la cabeza y siguiéramos con la vista la dirección de su enorme pico, podríamos observar la salida del sol, exactamente en el punto señalado por esta dirección. Otro dato curioso que pude conocer allí fue la presencia de un dibujo sobre una piedra llamado por los Nazcas como el “hombre lechuza”. Este confirma el conocimiento que esta civilización tenia en cuanto a los extraterrestres ya que la imagen representaba a un astronauta.
Las líneas son ligeras hendiduras en el suelo. Una posible explicación del porque aun existen puede estar en el clima del lugar ya que se puede decir que por cada dos años llueve media hora. Este asombroso fenómeno radica en que el movimiento del aire disminuye a pocos centímetros del suelo, debido al color oscuro de las piedras de la superficie, las cuales se asemejan a un cojín de aire caliente que protege a los jeroglíficos de los fuertes vientos. Otro elemento que impide el cambio de la superficie es el yeso que contiene el suelo, que al contacto con el rocío hace que las piedras queden ligeramente pegadas a su base. La estudiosa María Reiche nació el 15 de Mayo de 1903 en la ciudad de Dresden, Alemania. Estudió en Dresden y en Hamburgo matemáticas, física y geografía. Viajo al Per&u |