Crónica de un viaje al otro lado del mundo
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A principios del año pasado comencé con mi novio un viaje hasta el otro lado del mundo, fuimos a conocer Vietnam. Siempre quisimos visitar otros países y sobre todo esos a los que nunca nadie va y de los que sabemos muy poco. Para nuestras familias y amigos esto era algo demasiado extraño, Vietnam es un país que solo lo nombramos al hablar de la famosa guerra con Estados Unidos, por lo tanto se ha convertido en sinónimo de militares, luchas y muerte. Quizás por todo eso fue un lugar tan asombroso y lleno de magia, porque era totalmente diferente a lo que esperábamos. |
El nombre completo es República Socialista de Vietnam y tiene una población de 82 millones de habitantes. Actualmente es una república comunista de partido único. Vietnam tiene una larga historia de dominaciones y guerras, primero por los chinos, luego por los franceses, por los japoneses y finalmente por los norteamericanos.
El viaje lo hicimos en una excursión organizada con guías de habla hispana. Apenas llegamos a Hanoi, capital de Vietnam, realizamos un paseo en unos carros llevados por una bicicleta. Esta ciudad es muy linda y la gente muy amable y tranquila. En el centro de Hanoi todo el mundo está en moto. Todo el mundo es absolutamente todo el mundo. La calle está repleta de motos que nunca paran y hay que cruzar cuando se puede y esquivándolas, tocan bocina todo el tiempo y no respectan las señales. Con el carro nos metíamos en el medio de las motos y la gente, fue realmente una experiencia impresionante.
Las casas son muy angostas pero de tres o cuatro pisos, porque el terreno es caro pero construir no tanto. Son todas de diferente color, viven arriba y tienen algún negocio abajo. Toda la ciudad está embanderada, en todas las casas, calles, tiendas y plazas, por todos lados cuelga la bandera de Vietnam, roja con una estrella amarilla en el centro. Y a su lado, siempre acompañando, la bandera comunista, con la hoz y el martillo. Además, hay carteles y pasacalles con mensajes de Ho Chi Minh, su líder revolucionario, que dicen frases como “el hombre debe trabajar y ser honesto”. Existe mucho patriotismo, posiblemente por haber tenido tantas guerras.
Los precios no están fijos, todo es negociable. El tema del regateo es constante. Al vernos, obviamente notaban que éramos turistas y nos decían más del doble del precio normal. Hay que regatear hasta los taxis. El agua la compramos todo el tiempo a precios diferentes, 10.000, 8.000, 4.000, 20.000 (un dólar son 15.800 dung). Un día quería comprar un cortaúñas y cuando pregunté el precio el vendedor me dijo 30.000, le dije que era muy caro y me dijo 10.000, cuando me fijé en el monedero me di cuenta que solo tenía 5.000. Entonces me dijo que no. Bueno, me fui pero me salió corriendo y diciéndome que si, que aceptaba el trato. Nunca se sabe hasta cuando se puede bajar el precio, sin que salga muy caro ni mate el remordimiento. De todas formas nos dijeron que ellos bajan el precio mientras tengan alguna ganancia, nunca van a perder dinero.
Tienen el hábito de comer en restaurantes en la vereda, en sillitas de plástico pequeñitas como de niños, con mesas de igual tamaño. Es muy gracioso verlos. Luego lavan los platos en la calle. Son muy tranquilos y acostumbran a sentarse en cuclillas apoyados en los talones, una posición que si no se tiene la complexión física de los vietnamitas es imposible de mantener el equilibrio. Es una pena que no podíamos hablar mucho con ellos porque no saben inglés salvo pocas personas. No nos entendían si les preguntábamos algo, simplemente nos miraban y se reían tímidamente entre ellos. Tienen diversiones muy exóticas, como presenciar peleas entre dos peces, poniéndolos en un frasco con agua, algunas gotas de alcohol para alterarles los nervios y agitar el frasco. Luego es solo observar como los dos animales atontados y furiosos se dan el uno contra el otro. También suelen cortarse el pelo en la calle, como si fueran peluquerías ambulantes. Les llama la atención los pelos de los brazos de los hombres, y los niños menos tímidos se acercan y les tironean a ver que son. La mayoría de las mujeres en la calle usan tapaboca para no quemarse con el sol, porque cuanto más blancos se consideran de nivel más alto, distintos a los campesinos. Los hombres usan las uñas largas, algunos solo los meñiques, otros también los pulgares, y los hay que las tiene todas largas. Todo el mundo en Hanoi, tanto en el campo como en la ciudad, usa los típicos gorros de paja con forma de cono invertido.
El idioma tiene letras latinas porque fue cambiado en el pasado de los caracteres parecidos a los chinos a las actuales letras. Las vocales tienen 8 o 9 sonidos diferentes y escucharlos hablar suena algo así como “Noi chau coi tui noi sai tuc hai”.
La religión predominante es el budismo y todo Vietnam está lleno de Pagodas, que son los templos budistas. En ellas hay representaciones del buda y allí asisten las personas a rezar y le dejan dulces, dinero y flores, porque creen que después de la muerte también necesitan cosas materiales. Al buda no se le piden deseos como a un dios, se recuerda lo que hizo y se trata de hacer lo mismo. La historia cuenta que Buda nació en el año 2500 antes de cristo. No era un dios sino que era un filósofo que dio discursos orales, fue solo 500 años después de su muerte que se escribió su libro. Se cree que cualquiera que se ilumine, que deje de tener deseos, puede ser buda. Las personas reencarnan 8440 veces en diferentes animales antes de volver a reencarnar en un ser humano, y es recién cuando se eliminan los deseos que se va al nirvana dejando el círculo de reencarnaciones. Los karmas siempre van a perseguir a los individuos, es imposible huir de ellos. Se dice que cuando Buda nació dio unos pasos y se dijo entonces que era un bebé milagroso y que al crecer podría convertirse en una persona que abandonara todo lo material y se dedicara solo a buscar la verdad. Entonces sus padres se asustaron y lo criaron dentro de un palacio sin mostrarle nada de la realidad. Un día buda, ya crecido, se aburrió de su vida y decidió salir a la calle en su carroza. Vio a un hombre pobre, a un enfermo, a un anciano y a un muerto. Como no conocía nada de la realidad le preguntó a su chofer que era eso y porque les sucedían esas cosas a las personas, y éste no supo que responderle. En ese momento Buda decide irse a India a buscar las respuestas y se hace filósofo.
Es un pueblo pobre pero no hay mendigos, gente pidiendo ni revolviendo la basura, el guía nos contaba que está prohibido mendigar, que el gobierno les dice que trabajen en algo. Y así es, todo el mundo trabaja, por lo menos vendiendo fruta en la calle. Además no hay robos, parece que si se ve un ladrón la gente lo mata en la calle, que ya ha pasado, el pueblo lo mata. Y a los corruptos del gobierno los matan una vez por año. Nos preguntábamos como funcionaría un sistema así en nuestro país.
En Vietnam, al igual que en toda Asia, además de los taxis que son autos que llevan pasajeros como en todo el mundo, existen los llamados tuk tuk, que tienen la misma función que un taxi pero son carros llevado por una bicicleta o una moto, con o sin techo. Algunos para dos y otros para cuatro personas. El precio es mucho menor que el de un taxi y es mucho más pintoresco. Al caminar por la calle los dueños de los tuk tuk invitan a la gente a subirse a uno de ellos por un módico precio al lugar que sea o por el tiempo que sea. La invitación puede llegar a ser un tanto molesta cuando el dueño del tuk tuk sigue a la persona durante cuadras y cuadras gritándole “tuk tuk, tuk tuk, tuk tuk…”, sin importarle que la respuesta sea “no, salí a caminar, no preciso ni quiero un tuk tuk”. La insistencia de los orientales para vender algo es algo típico de ellos y a lo que hay que acostumbrarse si se quiere disfrutar del lugar.
Hablamos con nuestro guía llamado Lí y nos contó anécdotas sobre la guerra. Nos dijo que él peleó en la guerra al igual que todo el mundo, era un civil con armas. Nos dijo “esta guerra fue una guerra del pueblo, desde los niños hasta los ancianos pelearon “. Nos contó de los niños huérfanos, de que a todas las personas se les murió algún familiar o amigo. Nos dijo que ganaron la guerra por que estaban en su territorio e inventaron trampas, cada uno inventaba alguna trampa distinta. Todo servía como arma en esta lucha, hasta las herramientas de trabajo. Aunque quedaron cuatro millones de muertos y cuatro millones de mutilados, él nos dijo que no sentían ni querían sentir rencor y como sabían que necesitaban inversión extranjera querían tener buena relación con Estados Unidos. Ellos son amables con los occidentales, las personas que hablaban algo de inglés en seguida se nos acercaban para hacernos preguntas. Quieren mucho a los turistas porque entran con divisas y porque quieren abrirse al mundo. El turismo en Vietnam es muy reducido pero está en crecimiento, y nuestro guía nos insistía en que llegáramos a casa y les recomendáramos a todos ir a conocer su país.
Luego de la guerra de Vietnam existió tanta hambre que se comenzaron a comer los perros y luego se convirtió en una costumbre, pero solamente en el norte del país. En la calle se ven los puestitos que los venden y se distingue la cola y la cabeza. Por lo general la comida es muy distinta a la nuestra y no nos resultaba muy rica, comen todo el tiempo arroz pero lo cocinan demasiado hasta que se convierte en una masa uniforme y desayunan fideos y sopas con aspecto gomoso.
Otra ciudad interesante para visitar es Halong, una ciudad balnearia con paisajes espectaculares. Halong significa lugar de bajada de dragones, “Ha” es bajada y “Long” es dragón. Vive del carbón, el bosque, la pesca y el turismo. En el camino se ven muchos arrozales y bananeros, y por distintos lugares en medio de los cultivos se ven tumbas que están allí desde hace siglos, cuando cada uno enterraba a sus familiares en su terreno.
Visitamos la famosa bahía de Halong dando un paseo en barco. Allí hay más de 3000 islas, rocas gigantes en medio del agua. La leyenda dice que los vietnamitas les pidieron a los dioses ayuda contra los demonios y los dioses mandaron a los dragones. Éstos, escupieron fuego que se solidificó y formó las actuales islas. Luego los dragones les pidieron a los dioses si podían quedarse a vivir en Vietnam. También nos dieron la explicación científica de que las islas fueron formadas por la erosión del viento y el agua. Durante el paseo conocimos unas cuevas y comimos frutos del mar. Algunas personas se tiraron desde barco a nadar en las aguas cristalinas.
También conocimos la ciudad de Huê. Esta ciudad es una de las más tranquilas, en las calles no hay tanto tráfico. En ella está el río Perfume, cuyo nombre surge de una leyenda. Ésta dice que un mandarín de Huê (jefe de Estado) que vivía en la montaña, le regaló al rey un bonsái con flores blancas. Pero el rey plantó este bonsái a orillas del río, y junto a él otras plantas de color blanco, azul y rojo, formando los colores de la bandera de la dinastía. Durante la noche las flores con el viento cayeron al río y lo dejaron perfumado, y de ahí el nombre del río.
Dimos un paseo en barco por este río y conocimos una pagoda que sirve de recinto para los monjes budistas, que se internan en estos lugares por decisión propia, para estar tranquilos porque por ejemplo fueron víctimas de tristezas de amor.
Luego fuimos a Ho Chi Minh, antigua Saigón. Si bien el primero es el nombre oficial luego de la guerra, sus habitantes aún prefieren llamarla como antes. Es una ciudad totalmente diferente al resto de Vietnam, su occidentalidad se ve en los comercios, edificios modernos, restaurantes lujosos y autos nuevos que circulan por las calles amplias. Esto implica una diferencia abismal entre el norte y el sur de Vietnam porque si bien todo le país es socialista, en el sur el capitalismo está tan arraigado como en cualquier otro país del mundo. Notábamos que hasta las personas eran diferentes, más altas y corpulentas, nuestra guía en esta ciudad, Anita, nos decía “es que aquí la gente está mejor comida que en el norte”.
Conocimos el China Town, donde viven la mayoría de vietnamitas de origen chino. También vimos la catedral de Notre Dame, réplica de la catedral parisina. Para terminar el día fuimos al Museo de la guerra, donde se exhiben armas y aviones norteamericanos que fueron secuestrados por los vietnamitas, así como réplicas de las cárceles que se utilizaron. Asimismo, dentro del museo, se ven una serie de fotos de la guerra que le pueden quitar el sueño a cualquiera.
Al día siguiente fuimos a visitar Cu Chi, a 65 km al sudeste de Ho Chi Minh. En esta región se construyeron 48 km de túneles bajo la resistencia francesa. Luego, durante los 20 años de resistencia con Estado Unidos, se cavaron 250 km y dos pisos más. Existen huecos de respiración y refugios para almacenar comida, armas y hasta un hospital. Eran lugares demasiado estrechos y, dada la pequeña complexión física de los vietnamitas, ellos se movían con facilidad en su interior, pero para los norteamericanos era imposible introducirse en ellos.
En los túneles se puede visitar el despacho del coronel, el comedor y la cocina. Pero para ello es imprescindible llevar repelente porque es un lugar repleto de mosquitos de todos los tamaños y colores. Nos dieron a probar la comida que comían los guerrilleros: mandioca, maní y te refrescante. También vimos algunas de las trampas que inventaron los vietnamitas.
Llegado el momento de despedirnos de este país no pudimos dejar de pensar que queríamos recomendárselo a todos, porque más que significar un paseo turístico, este viaje fue para nosotros una clase de historia, de cultura y de convivencia. No dudaría un instante en volver si se presentara la oportunidad, ya que su gente nos enseño el significado del perdón y del seguir adelante, sus calles nos enseñaron que no todo es como nosotros lo esperamos, sus paisajes nos dijeron que más allá de las fronteras, más allá de donde llega la vista y el conocimiento, cuando cambian las costumbres, las caras y las ropas, el mundo es hermoso y vale conocerlo, porque hay mucho que ver y aprender.
Cecilia Oreiro
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