Tanger: Un destino para recordar
En una tarde de octubre, a pleno comienzo de curso y tras una muy discutida ruptura amorosa con la que en algún momento creí considerar como la verdadera (y supuesta última) mujer de mi vida, un golpe intuitivo yació del interior que todos tenemos y que no sabemos definir, aquella voz interior que nos aconseja cuando mas perdidos nos encontramos, cuando el camino se hace oscuro y la soledad surge como vana compañera. La necesidad por dejar de pensar en mi reciente fracaso motivaba la necesidad de buscar un lugar donde habitar solo, el tópico de isla desierta seria un mas que formidable destino, pero de buena tinta sabia que no era lo que precisamente necesitaba. La soledad es la misma y no entiende de fronteras, mayor acervo, ni amigo. Estaba totalmente decidido a llevar a cabo mi idea. En esos momentos, cuando la moral arrastra como si de nuestra propia sombra se tratase y puesto que no queda ni el menor halo de ilusión, la idea de partir hacia un destino desconocido, un rumbo incierto, y el morbo que despierta torcer el brazo del destino con una escapada que, quien sabe, podría hacerme ver lo cotidiano desde otro punto de vista, apartarme de lo conocido y que por unos días su recuerdo se difuminara. Aún sin destino establecido y acostumbrado a viajar con tan solo una mochila y esta con lo exclusivamente necesario (muda y enseres de higiene), tenia en mente si optar por un viaje de frío o bien por explorar calurosos lugares, cuando mis miras se centraron en un viaje recomendado por unos amigos, el destino en sí me parecía completo por donde se mirase, antigua colonia española, cultura milenaria, gastronomía auténtica y exquisita, además de una idiosincrasia sin precedente que rompe con el estereotipo de pais extremista. Hablo de Tánger, genuino crisol multicultural en un enclave geográfico excelente, cerca de España, con una diversa variedad climática. El destino ya estaba planeado. La llegada a Tánger fue desde el puerto de Algeciras y el tramo se llevó a cabo en catamarán, un medio que desconocía y cual fue mi grata sorpresa, que resultó ser económico, confortable e indescriptible. Las vistas de la bahía de Algeciras no tienen precio sobre las siete de la tarde de aquel ventoso día de octubre, una panorámica de colorido azulado con un ocaso anaranjado digno de la mejor escenografía hollywoodiense. Tras unos cuarenta y cinco minutos la llegada al puerto de Tánger fue agradable y el paso por la aduana para la entrega del visado de turista fue rápida y sin mayor incidencia que el lenguaje, debo añadir que Tánger al haberse mantenido bajo mayor influencia francófona posee como lenguas oficiales el árabe y el francés, aunque como rasgo inevitable de los pueblos y su progreso lingüístico, actualmente surge un dialecto mezcla de cada cual con matices castellanos, no hay que olvidar que Tánger fue colonia española. Con mil ideas en mi cabeza y otras tantas recomendaciones de anteriores viajantes a mí, emprendí mi andadura por tales lares, recorrí sus calles, a veces estrechas como herencia musulmana las cuales me recordaron a los centros históricos de muchas ciudades españolas de influencia andalusí. Otras calles de mayor amplitud, señal del cambio arquitectónico y adopción de estructuras modernas. En mi cuaderno de viaje particular, generalmente actualizado mientras tomaba té en una de los multitudinarios salones de té, anoté visitas de gran impacto cultural para el no foráneo, la afluencia de bazares creó auténtica impresión, desde indumentaria árabe, hasta zapatillas deportivas de última generación, no dejando tras de sí el tradicional comercio de plata y alhajas, algo que no escapa a la extraordinaria afición por el tal metal, el cual denominaban en culturas primitivas como “las lágrimas de la luna”. Tuve el placer de adquirir tanto en bazares como en zocos abundante artesanía difícilmente adquirible en occidente, además de algún souvenir para casa. Mi viaje fue realizado en pleno ramadán y esto suponía un añadido de carácter religioso y sociocultural. Pude comprobar en primera persona el carácter tradicionalista de la cultura musulmanas. Largos atuendos que en muchas ocasiones oscilaban entre el mas impecable blanco a otras tonalidades oscuras y crema, todas ella de carácter masculino. Con respecto a las mujeres guardo una anécdota en relación con el mismo tema, tal surgió a partir de mi observación por como convivían mujeres sin chador, también conocido como bulka. Para solventar mi duda recorrí al recepcionista del hotel donde me alojé, el Hotel Intercontinental, un hotel de cuatro estrellas con infinidad de servicios, el talante cordial del recepcionista me llevó a forjar una entrañable amistad. En respuesta este lo justificó como un brote de progresismo que cada día se separa mas de los hábitos religiosos. Cada día habría mas mujeres sin bulka en una ciudades como Tánger, Tetuán o Asilah, no ocurriría lo mismo en regiones mas cerradas como la que fue mi próxima parada, Chefchaouen. Una pequeña población de pura herencia berebere y magrebí, pictórico y entrañable lugar que conserva sus tradiciones ascentrales por motivos de aislamiento geográfico. Localizado en plena montaña, mas concretamente en plena ladera del riff situado al norte de Marruecos, el paraje decorado con fachadas celestes que no hacen distinción del mismo cielo. Una gastronomía inigualable destacables principalmente por el clásico estofado de ternera con frutos secos (piñones, ciruelas, pasas,..) o el pan al horno de piedra totalmente artesanal. Auténticas delicatessen para el paladar como pastas y hojaldrados elaborados sin variación alguna de la receta original empleada generación tras generación. Para mayor suerte en ramadán suelen desarrollarse mas variedad de pastas, unas de composición mas tradicional y otra mas adaptada a nuevos añadidos como el chocolate. El placer por lo original hizo inclinarme por lo artesanal. Otra anécdota de este maravilloso lugar fue el ya mencionado pigmento empleado en las fachadas e interiores de las casas. Según mi revelador de enigmas particular y recepcionista, se suelen pintar las paredes de tal forma para evitar que los insectos, esencialmente mosquitos, alberguen el espacio habitable de la casa, así pues es una forma de repeler los molestos insectos. Por desgracia para mi no pude acudir a uno de los clásicos salones de danza oriental, el ramadán como forma de respeto a la doctrina da lugar al cierre de tales espectáculos. Una anécdota curiosa sucedida en la ciudad de Tánger y de rasgo subjetivo, se basó en mi despiste malintencionado de comer en la terraza de un restaurante, cuando se me acerca un transeúnte alarmado y aclamando en árabe algo que ya por el tono empleado no me dio lugar a la cordialidad, acto seguido intervino un policía de paisano que tras una sonora bofetada doblegó el exhortativo modo de aquel magrebí. Tuve la curiosidad de acercarme al abrupto dueño del restaurante y tras percatarme anteriormente que hablaba el castellano, opté por preguntarle el porqué de tan surrealista escena. Este respondió a ello “ha tenido usted el placer de conocer a un tangerino ofendido por observar que comía en horas de ramadán, su gesto era incitador”. No me quedó mas que pedir disculpas. Cuando realizo un viaje generalmente anoto miles de detalles y anécdotas varias, en conclusión a ello guardo un grato recuerdo de mi estancia, caracterizado por un pueblo con un carácter en general apacible y carismático, un lugar que invita a quedarse. Un pequeño paraíso de tremenda riqueza cultural y paisajística. Tánger ha sido uno de los mejores destinos jamás visitados.
|