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Concurso de Relato de Viajes - Praga - Republica Checa

 

Nuestro viaje a Praga

Nuestro viaje a Praga quedará ligado para siempre al recuerdo de la lluvia. Las guías avisaban de que agosto es el mes más lluvioso, con nueve días de promedio, pero quién iba a sospechar que de esos nueve nos iban a tocar cinco: los que estuvimos nosotros. Por tanto, si algún objeto puede considerarse imprescindible para un viaje a Praga, ése es el chubasquero. Sobre todo, en verano.

Optamos por Praga porque mi mujer y yo estábamos en trance de convertirnos en marginados sociales. Padres, hermanos, suegros y amigos ya habían estado allí. Praga estaba en boca de todos, no había conversación en que no saliera a relucir por esto o por aquello. Y nosotros sin poder abrir la boca. Era como aquella ocasión en que me perdí el España-Malta y no pude hablar con nadie en un mes.

Internet mediante, contratamos un vuelo de bajo coste y… Ah, de acuerdo. Para un relato de viajes, la clase turista de un avión checo no es muy sugerente, pero es que no íbamos al Amazonas, en cuyo caso quizá nos hubiéramos lanzado en paracaídas desde un helicóptero, sino a Praga, adonde se llega en plan turista un millón, como hacen todos los que van cada año, que ni se sabe cuántos son.  

Aprovecharé las dos horitas del vuelo para decir unas palabras sobre su historia. Celtas y germanos se escondieron en estos bosques, tan tenebrosos que no osaron invadirles ni los romanos, que ya es decir. Son los eslavos quienes los expulsan en el siglo V, organizándose como tribus hasta fusionarse en el llamado Gran Imperio de Moravia. Ello coincide con la visita de Cirilo y Metodio. No, no fueron los primeros turistas, sino dos monjes que convirtieron al catolicismo a todo eslavo que se cruzaba en su camino e introdujeron el alfabeto cirílico.

En la Baja Edad Media aparecen dinastías y nombres regios. El primero es Wenceslao, más conocido como “El buen rey Wenceslao”. Tan bueno debió de ser que poco después de su muerte fue canonizado, nombrado patrón de Bohemia y hoy en día incluso tiene un villancico.

Hasta el siglo XIII, de Praga sólo son visibles el castillo y la rotonda románica de San Vito, ambos en la margen occidental del  río Moldava. Sin embargo, entre 1235 y 1350, nacen en la ribera opuesta dos barrios, denominados, para no complicarse mucho,  “Ciudad Vieja” y “Ciudad Nueva”. Carlos IV ordena construir el puente que lleva su nombre, la Catedral gótica, planifica el urbanismo de la Ciudad Nueva y de Mala Strana, reforma la universidad…  Al mismo tiempo, el predicador Jan Hus lanza duras invectivas contra la iglesia católica. Su éxito provoca la reacción del catolicismo ortodoxo y graves enfrentamientos religiosos. 

En 1526, los Habsburgo, católicos a ultranza, se ciñen la corona de Bohemia y empiezan las discordias con la aristocracia local, mayoritariamente husita. Pagan los platos rotos dos representantes del Emperador, que salen volando desde una de las ventanas del Palacio Real, descenso en el que los brazos de los fornidos nobles checos tienen mucho que ver. No es la primera defenestración que se practica en Praga, pero al Emperador no le satisface esta tradición y declara la Guerra de los Treinta Años, de triste recuerdo para los checos porque su derrota les supone pasarse tres siglos bajo la bota de los descendientes de Fernando I.

Sojuzgada y progresivamente germanizada, Praga se va embelleciendo gracias al barroco de la triunfante Contrarreforma. Pintores, escultores y músicos la convierten en un tesoro de arte y cultura. En el siglo XIX, los aires nacionalistas que soplan en Europa propician la obra de Smetana y de su discípulo aventajado Dvorak, compositores venerados en toda Chequia, como lo demuestran la abundancia de estatuas, museos y nombres de calles y plazas.

Tras la I Guerra Mundial se rompe el Imperio Austrohúngaro y surge Checoslovaquia, extravagante unión de checos (norte, medio alemanes) y eslavos (sur, prorrusos) La joven nación sale de la II Guerra Mundial con un trágico balance, especialmente para la población judía. Siguen el alineamiento con el bloque comunista, la Primavera de Praga y, tras la caída del Muro de Berlín, la Revolución de Terciopelo y la escisión de Chequia y Eslovaquia, tan pacífica que los demás ni nos enteramos.

Bien, nos alojamos en el Art Hotel, junto al estadio del Sparta. Inmediatamente, nos ponemos en marcha. Atravesamos el parque Letna hasta que se abre ante nosotros una esplendorosa panorámica: a unos cincuenta metros por debajo, el Moldava llega desde el este y se encamina majestuoso hacia la Catedral, ante la cual da un giro de noventa grados para seguir en dirección sur. Bajamos la colina y nos internamos en el Barrio Judío. Bueno, judío lo era hasta fines del siglo XIX, cuando fue demolido casi por completo para sanearlo. Se salvaron media docena de callecitas y otras tantas sinagogas, así como el famoso cementerio, que con sus miles de lápidas apiñadas parece reflejar el hacinamiento que sufrían en vida los que ahora están ahí enterrados.

La calle París nos conduce a la Plaza de la Ciudad Vieja, donde rozan el cielo las flamígeras agujas de Nuestra Señora del Tyn. Desde su monumento de bronce, los husitas alzan, orgullosos, la mirada. Proliferan las fachadas barrocas. Por descontado, nos acercamos al reloj astronómico. A las horas en punto se abren dos pequeños ventanales, ante los cuales desfilan unos muñecos que representan a los doce apóstoles, mientras las figuras que flanquean el reloj mueven las articulaciones. Todo esto sucede en medio minuto, y si no estás atento o no has logrado quitarte de delante al turista sueco de dos metros, los apóstoles terminan de pasar antes de que hayas podido hacerles la foto.

Cumplido el ritual, tomamos la tortuosa y concurridísima calle Karlova, hasta llegar a una torre gótica con un arco en su parte inferior. Por él accedemos al Puente de Carlos, que une la Ciudad Vieja con Mala Strana. En su medio kilómetro de longitud exhibe treinta estatuas barrocas, de las que hubiéramos disfrutado más si las nubecillas que han pendido sobre nuestras cabezas durante la tarde no se hubieran trocado en negros y amenazantes nubarrones. La falta de luz, unido a la oscuridad de las propias estatuas, hace de nuestra visita al puente una experiencia casi fantasmagórica, amenizada por un pequeño concierto de viento que ofrecen cuatro trompeteros desde las almenas de la torre que se erige en el lado de Mala Strana

Al día siguiente comenzamos en el Monasterio de Strahov, con su deslumbrante biblioteca y su Sala Teológica de bellísimo techado. En esta última, una pianista y una violinista están interpretando la “Humoresque” y otras agradables melodías de Dvorak; en semejante entorno, la música crea un momento de delicada belleza. Cerca de Strahov se halla el Monasterio de Loreto, con una reproducción de la casa de la Virgen María y un tesoro que incluye varias custodias de oro decoradas con infinitos diamantes.

A tiro de piedra queda el castillo. La Prague Card, adquirida el día anterior, nos asegura la gratuidad de la entrada, pero dicen unos carteles que para hacer fotos dentro de la Catedral hay que pagar 30 coronas. Ofrecemos dicha cantidad a la señora de la taquilla, que se muestra desconcertada y hemos de insistir un poco hasta que nos entrega una pegatina verde, materialización física del permiso. Ignoramos el motivo de su estupor, pero cuando entramos a la Catedral lo entendemos todo: hay unos doscientos turistas haciendo fotos, y ninguno lleva la pegatina.  A buen seguro, nadie ha pagado nunca esas 30 coronas, y con toda probabilidad, nadie volverá a hacerlo.

Inmensa, majestuosa, impresionante… Todos los calificativos le sientan bien a la Catedral de San Vito. La altura es enorme. Hermosas capillas se abren en las naves laterales. La subida a la torre por su claustrofóbica escalera helicoidal se hace interminable pero las vistas son de las que no se olvidan. Muchos peregrinos vienen a este templo atraídos por el catafalco de plata de San Juan Nepomuceno, pero a mí lo que más me admira son las grandes vidrieras con motivos religiosos. Algunas son relativamente modernas, como la decorada por Mucha, a buen seguro la más famosa.

En el recinto del castillo se encuentran también el Palacio Real, la iglesia románica de San Jorge, la Galería Nacional y el Callejón de Oro, estrecha callecita ribeteada de casitas de colores apenas más altas que una persona. Ahora resulta simpática y despierta sonrisas al imaginar a sus antiguos moradores como alegres enanitos de Blancanieves. La realidad es bien distinta: en estas menudas construcciones vivieron, en execrables condiciones, los arcabuceros del rey. Sus actuales propietarios sí que se hacen de oro vendiendo todo tipo de recuerdos a precios prohibitivos.

Al salir del castillo, vivimos uno de esos momentos que uno se pregunta más tarde si los ha soñado. Un lado de la plaza está ocupado por el palacio Schwanzerberg, uno de los apellidos de más fuste en Europa Central. Durante los breves instantes que nos lo quedamos mirando pasa otra pareja española y ella exclama: “!Mira, el palacio de  Schwarzennegger!”  Vaya, acabamos de descubrir que Terminator proviene de familia aristocrática.

Dedicamos la tarde a Mala Strana, el pequeño barrio entre el castillo y el río. Nerudova es la calle central, y ante las fachadas rococó pintadas en tonos pastel, todas con los escudos y emblemas de sus dueños, imaginamos sin esfuerzo a Mozart pisando el empedrado y lanzando histéricas carcajadas. La verdad es que no hace falta imaginarlo porque, de hecho, lo hemos visto: Milos Forman utilizó estas mismas calles como decorado real para su película “Amadeus”. Palacios, jardines e iglesias surgen a cada paso. De las iglesias, la mejor es la de San Nicolás, que se da aires de segunda catedral y bien podría serlo, vista su magnífica cúpula.

Regresamos, cruzando el ya conocido Puente de Carlos, a la Ciudad Vieja. Por la calle Celetna, rendida al negocio del souvenir, alcanzamos la Torre de la Pólvora, muy semejante a la que había a la entrada del Puente, con inclinado tejado y bajorrelieves decorativos en las paredes. Adosado a la torre se halla el Edificio Municipal, orgullo de la Praga modernista. Su espacio central es la Sala de Conciertos Smetana, modernista también. Bajando por Na Prikope alcanzamos la Plaza de San Wenceslao. Lo de plaza es casi una broma: se trata de una avenida con un paseo central. En torno a ella vuelven a ofrecérsenos nuevas muestras del modernismo, pero el edificio principal, que domina la plaza desde la altura, es el Museo Nacional, amplio y con dorados en el tejado. Ante él, una estatua ecuestre recuerda al buen Wenceslao.

Los días siguientes nos verán, siempre bajo el líquido elemento, admirando el dinámico Edificio Danzante, empapándonos de leyendas y espiritualidad en la colina de Vyserhad, o dudando si la Sinagoga del Jubileo, con sus formas redondeadas y sus colorines, es un templo de culto o una atracción de Disneylandia desubicada. Entre una cosa y otra, degustamos la excelente repostería praguense, sobre todo sus Strudel con canela, y las variadas cervezas de producción nacional.

Ojalá pudiera contar algo sobre las gentes de Praga, pero... ¡no hay praguenses en Praga! Al menos, en verano. Deben de emigrar ante la avalancha de turistas que se les viene encima. Por otra parte, los que quedan no son especialmente afables: desde revisores del metro hasta funcionarias de turismo, se nota que están cansados de atender a tanto extranjero. Algunos, incluso llevan carteles exigiendo que no les hablen en inglés, sólo en checo. En español ni pensarlo, claro. 

La verdad es que me gustaría volver, aunque en otra estación. Dicen que en invierno no llueve y hay menos turistas. ¿Se lo recomendaría a alguien? Pues sí, pero no tengo a quién. Como ya dije al principio, todo el mundo la ha visto ya. Pero ahora, al menos, podremos intervenir en las tertulias de nuestros amigos.

José Miguel Loscos Vilafranca

 


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