Un médico en la India
Querida familia:
Me preguntan si recomendaría este lugar, y mi respuesta es que si no fuera por la felicidad que me causa estar haciendo un recorrido por los diferentes hospitales de Asia, yo les diría que no. Pero no les contaré sobre mi trabajo, sobre el ser humano sumido en una cama de hospital, porque a pesar de ciertas diferencias secundarias, la agonía es igual en cualquier rostro o país.
El día que llamé por teléfono estaba en la frontera de Nepal e India. Averigüé cuanto costaba la llamada y era un regalo. La verdad que si estoy mal por algo no tiene mucha relación con estar lejos de casa. Sucede que no paro de analizar todo lo que veo, y uno puede llegar a enloquecerse. Somos algunos (la mayoría solos saca fotos y duerme) que hablamos mucho de todo esto que estamos viviendo y siempre caemos en comparar todo con nuestro país. Quiero contarles que con el rostro en la ventana de un ómnibus que se perdía entre el Himalaya fui avanzando junto a las nubes....de a poco uno va bajando por Nepal entre montañas de cuatro mil metros, con caras de hambre que no tienen ni agua potable, y luego de pasar una puerta llena de milicos gritones que piden pasaportes para entrar a algo que se llama India, se va entrando lentamente al infierno (hoy ya estoy medianamente acostumbrado). La frontera esta llena de gente hambrienta, en un centro que parece una calle del Borro, todos ranchos de lata, de barro, niños rapados a cero por los piojos y con las cabezas llenas de cascarones, mujeres sin dientes pero vestidas con telas multicolores, hombres flacos como alambres que en todos lados nos rodean de a doscientos solo para mirarnos fijos. Ustedes se preguntaran que es lo que miran de nosotros, observan como nos movemos, como hablamos, como nos vestimos. La India es otro mundo que está adentro de este en el cual vivimos nosotros. La india es hambre, mil millones de personas que caminan por todas las calles al mismo tiempo. Pero a la vez uno va entrando en este monstruo que nos cuentan que para recorrerlo hay que tomarse solo tres meses, y cada día es más familiar ver rostros demacrados, gente sentada en las puertas de sus casas en cantidades extremas. Este viaje cambió mi vida, conocí una idea de Apocalipsis materializada en un lugar del mundo. Observo algo completamente distinto a lo nuestro, en donde la palabra Jesucristo es extraña, en donde las vacas caminan por las calles parando el tránsito, en donde los monos son los animales que están en cualquier plaza céntrica de la ciudad. Pueden creer si les digo que hay más monos que perros.
Entre todo esto paramos en una frontera llena de basura en las calles, sin veredas, llena de puestos de frutas, gente olorosa que avanzan lentos por las calles (porque son millones en todos lados y ya no entran) llenas de mugre, y encuentro una cabina telefónica diminuta que tienen un teléfono viejo. Al principio creí que era imposible que ese aparato me trasladase hasta las voces de Montevideo, pero lo hizo. Sonó el teléfono y atendieron y hablaban todos como pedo, se pasaban el teléfono muy rápido, y yo mirando para los costado toda la muchedumbre con trapos en la cabeza, a mi costado cantidad de gallinas adentro de la cabina picoteando el barro, y cuando escuché la voz de Guille que me dijo "que locura...no?" No pude contestar lo que veía. Me atrapó la emoción porque no podía creer estar hablando después de cincuenta días con Montevideo. Eso no significa que extrañe y que esté encerrado en un cuarto esperando Europa, todo lo contrario. Quiero que esta parte del mundo no termine jamás, porque todo es distinto. Es como si estuviesen haciendo un experimento con nosotros: saben lo que es armar y desarmar el bolso cada dos días, porque cada dos días estoy en una ciudad diferente: Hanoi, Hue, Halong, Saigon, Siem Reap, Bangkok, Katmandú, Patán, Bakthapur, Pokhara, Chitwan, Varanasi, New Delhi, y ahora escribo desde Angra luego de ir a visitar el Taj Majhal (de las cosas más hermosas que contemplé hasta ahora). O viajamos en tren por las noches, o en ómnibus, o en avión. Y cuando estamos tres días en el mismo lugar no lo podemos creer. Es por eso que cuando llamé quería decirle a Guille que sí, que esto es una locura que no se puede explicar. Estamos todo el día recorriendo y conociendo ciudades que son diferentes entre si. Pero en ese momento me emocioné porque escuché un ómnibus que cruzaba por Reissig, porque escuchaba las voces de todos agolpados en el teléfono, y porque cada día que despierto (todos los días a las seis de la mañana) creo que voy a despertar de esto y sin embargo, aunque parezca mentira, es la realidad que algún dios me regaló.
Saludo, Juan.
Juan Martín Giansanti
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